lunes, 14 de marzo de 2011

Las básculas

Ellas saben cuán pesados podemos llegar a ser
con el tema de adelgazar
La báscula cuartobañera es como un despertador al
que le ha pasado una apisonadora por encima.
Ser báscula de ésas es una faena porque sólo se te sube
encima gente gorda. Imaginaos qué manera de empezar
el día. Te despiertas y lo primero que te ocurre es que
un gordo en pijama se te sube encima. Y te mira mal, como
diciendo: «Báscula, por tu culpa soy gordo».
Eso no es justo. ¿Qué han hecho las básculas para
merecerse eso? Tienen que vivir tumbadas en el suelo del
cuarto de baño, con lo frío que está y lo malísimo que es
eso para el reuma.
Aun así, las básculas nos tratan bien. Por ejemplo,
cuando uno se sube a una báscula cuartobañera, va nervioso.
Es como presentarse a un examen. De hecho,
siempre intentamos subirnos pesando poco. Pisamos
suavemente, como para engañar a la báscula. Y la báscula
lo nota, por eso las básculas se lo piensan antes de darnos
el dato. Vacilan.
Te subes y la báscula hace: «Tiqui, tiqui, tiqui...
¡98!». Y te asustas: «¡Aaaaah!». Y la báscula retrocede:
«Que no... ¡62!». «¡Buffff, menos mal!» Y vuelve a oscilar:
«¡90!». Y gritas: «¡Mierda!». Y rebota otra vez: «68».
«Bueno, no está mal.» Y al final acabas llegando a un
acuerdo con la báscula: «70, ni para ti ni para mí...».
¿En qué momento entra una báscula en casa? ¿Te la
regalan? Qué mal rollo, ¿no? Regalar una báscula es como
regalar un desodorante, puede parecer una indirecta. ¿O es
que de repente uno dice: «¡Pues hoy me voy a comprar una
báscula!»? Eso sólo puede pasar un lunes. Todo el mundo
empieza el régimen un lunes... El lunes hay un trasiego en
las tiendas de básculas...
—Hola, quiero una báscula.
—¿Cuál quiere?
—Quiero una báscula para mí que pueda pesar entre
40 y 200 kilos... Vamos, no creo que vaya a engordar tanto,
pero mejor asegurar.
Una vez vi una que pesaba hasta 220. Era como el
cuentakilómetros de un coche. Un tío que pese 220 kilos...
¿para qué quiere la báscula? Con esa tripa no puede
ver los números.
Lo de ver los números es otro tema. Si me peso sin
las gafas, no veo los números, pero, si me las pongo, peso
dos o tres kilos más. Lo único que puedo hacer es pesarme
con las gafas, ver el dato, quitármelas, ponerlas en la báscula,
acercarme mucho a la pantallita y hacer la resta.
La mayoría de la gente no tiene báscula en casa. Entonces,
¿por qué esa gente, cuando va a casa de alguien
que sí la tiene, siente la necesidad de subirse a ella? Si tanto
te gusta, cómprate una.
Adquiérela y podrás disfrutar del placer de conocer
las masas y los pesos de lo que quieras. De hecho, todos
hacemos experimentos de pesar en la báscula cosas que no
son personas. Hay un experimento fantástico que todo el
mundo hace, pero que nadie lo quiere reconocer. Sucede
cuando tienes ganas de ir a váter... que están las heces llamando
a la puerta del esfínter... y te paras. Antes de hacer
la deposición, pasas por la báscula y te pesas. Vas al váter.
Haces lo que tienes que hacer. Luego, más relajado, te
vuelves a pesar, haces la resta y sabes exactamente cuánto
pesaba el zurullo.
Lo recomiendo. El saber no ocupa lugar y la otra
manera de saber cuánto pesa un zurullo es demasiado humillante
para las pobres básculas que nos aguantan y nos
soportan. Y solamente ellas saben cuán pesados podemos
llegar a ser los seres humanos.

viernes, 11 de febrero de 2011

La letra pequeña.

Y para terminar: un cartel de todas las cosas que no se pueden hacer en los parques de Pekín.


No se puede andar en bici, ni enseñar el logotipo del PSOE, ni hacer gimnasia olímpica en barras, ni conducir el coche de los Alcántara, ni sembrar monedas, ni tocar la trompeta, ni andar encorvado, ni pisar pelotas, ni andar en bici otra vez, ni ahorcar perros, ni quitarle las espinas a un pez gigante y por supuesto no se puede hacer fuego. Y entiendo entonces que lo que no aparece en el cartel sí que se puede hacer: asesinar jardineros, masticar metal, esculpir hielo, comer bebés…
Estas son dos perlitas que encontré buscando por sitios tan comunes como puede ser cualquiera:
La primera, el folleto explicativo de unos protectores almohadillados para que los niños no se golpeen con los barrotes de la cuna:
Si alguien hace lo que dicen las instrucciones puede que el niño duerma seguro, pero va a tener unas pesadillas cosmogónicas. Lo bueno es que cuando crezca podrá cambiar su cuna acolchada por una estupenda celda con paredes también acolchadas y casi no notará la diferencia.

Otra joyita. Pastillas perfumadas para la taza del váter o para la boca, según interese.
¿Abrillantador del esmalte? ¿retarda la formación del sarro? ¿No suena un poco a pasata de dientes?  Quizá sea la solución para toda esa gente que le huele el aliento a váter. Esa gente que cuando se ahoga en el mar necesita dos socorristas, uno para que le haga el boca boca a él y otro para que le haga el boca boca al socorrista que le acaba de atender.

La letra pequeña.

Informática, erotismo y letra pequeña.

Un hecho. En internet hay más mujeres desnudas que población mundial femenina. La informática y el erotismo suelen darse la mano, por ello cuando se redactan las instrucciones del hardware pasa lo que pasa. El quinto punto es el interesante, amplia la imagen para verlo mejor.

La letra pequeña.


Letra pequeña del futuro:

Insto a los premios Nobel de Informática a que nos expliquen como funciona esta consola. 
Haced clic en la imagen para disfrutarla en todo su esplendor. (Pero luego no cerréis la ventana que os saldréis del blog, mejor dad a la flechita de “para atrás”) E insto a los Nobeles de la informática a que me expliquen si esto se puede hacer de otra maner

La letra pequeña.


Letras pequeñas en oferta:

La crisis llega a todos los sectores y los comerciantes han de reajustar sus precios. Este es el tipo de ofertas que más gracia me hacen.

Vamos a fijarnos un poquito mejor en esa especie de farola calefacción.

¡Qué bonito! Ahora solamente veinte euros más caro que la semana pasada.

jueves, 3 de febrero de 2011

¿De qué nos reímos los hombres y las mujeres?

María Corisco prepara un reportaje en torno a la pregunta ¿De qué se ríen las mujeres?, para la revista Hoy Mujer. Me pareció un tema muy interesante y le he mandado este texto. A ver qué os parece.


La risa está sobre valorada y tiene una relación con el humor tan cercana, o tan lejana, como la que tienen amor y el sexo. Risa y humor, amor y sexo, a veces van juntas, al menos eso es lo deseable, pero todos hemos vivido gimnásticas proezas de sexo sin amor y dolorosísima situaciones de amor sin sexo. Pues con la risa sucede algo muy parecido. La risa y el humor han sido ajustadas por un relojero igual de torpe. Las personas, tanto las damas como los caballeros, pueden reír cuando les hacen cosquillas, por ejemplo, o cuando les dan un susto, o cuando respiran óxido de nitrógeno o cuando están muy nerviosas. Y no hay que ser un sabio para darse cuenta de que esos casos tiene muy poco que ver con el humor. Esas risas, las que no pasan por el cerebro, son exactamente iguales  en los hombres y en las mujeres.  Pero luego están las otras risas, las interesantes, las que le guiñan un ojo al entendimiento. Esas dependen de las piezas con las que esté hecho un cerebro y el tipo de cabeza en el que esté metido. Hay muchísimos tipos de cabezas, muchos más que dos, y es muy ingenuo pensar que todos los hombres ríen lo mismo o que a todas las mujeres les hacen gracia las mismas cosas. Las cabezas hechas de mica, cuarzo y feldespato se ríen de un tipo de chistes y los cerebros jugosos, experimentados y sinápticos, ríen otro tipo de mercancía. Todavía ninguno de esos dos tipos de humor es de uso exclusivo de ningún sexo en concreto. Siempre habrá gente que vuele alto y gente que se arrastre, independientemente de que sean excelentes personas o unos hijos de perra, independientemente de que sean autónomos o funcionarios, independientemente de que sean plebeyos o descendientes de la nobleza y, por supuesto, independientemente de que hagan pis de pie o sentados.
No creo que haya un tipo de humor que deleite más al hombre y otro del que disfrute más la mujer. El tópico dice que el hombre festeja  más la canallada y la zafiedad, y que la mujer se enrojece al oír esas salvajadas. Eso es mentira. A lo mejor era así hace años, en determinados círculos. Hoy no. Yo he visto a mujeres reír como piratas con los chistes más soeces y hombres que bajaban la cabeza de vergüenza al verlo. Y al contrario también.
Sólo hay dos tipos de risa, como dijo Miles Davis a cerca de la música, la buena y la mala. Existe el humor de Jabugo y el humor de Choped. Chaplin, Harold Lloyd, Buster Keaton, Gila, Groucho, Tip y Coll, Les Luthiers… pueden gustar a unos y a otras dependiendo de muchas cosas, pero no de su sexo. Y, por supuesto, siempre habrá un gracioso en las bodas que sepa decir hasta la zeta con eructos rodeado de hombres y mujeres tronchados de risa mientras otros y otras se tapan la cara de vergüenza.
Pero entonces, ¿por qué la mayoría de los humoristas son hombres? Ese es un tema curioso. Creo que es un síntoma de cómo funciona este asunto. El humor del bueno apunta al entendimiento y al sentimiento. Esa es su característica: el humor de Jabugo, que decíamos antes, pone los cerebros a jugar al escondite y los corazones a saltar a la comba. No estoy seguro, pero creo que ya se ha demostrado que las mujeres y los hombres tenemos modos de pensar y sentir algo diferentes. Sí no se ha demostrado todavía, se demostrará. El pensamiento femenino es más complejo, especulativo y previsor; el masculino es más sencillo y directo. Entonces ¿por qué nos hacen gracia las mismas cosas? Porque, aunque seamos distintos, tenemos que convivir y buscar la mayor cantidad de lugares comunes posibles y ese lugar común que hemos encontrado en el humor es un humor casi siempre masculino. Creo que no existe un humor exclusivamente femenino. Existe humor masculino hecho por mujeres, eso sí. Y es por una razón sencilla. Un humor masculino puede ser entendido por hombres y por mujeres, mientras que uno femenino, construido con una manera de pensar más compleja, sólo sería entendido por mujeres. Las mirillas de las puertas suelen estar a un metro cuarenta del suelo para que todos nos podamos asomar y ver quien viene, si las mirillas estuvieran a un metro ochenta no sería una buena idea porque solo podrían asomarse los altos. Una vez más, las partes se han ido guiando con sabia ingenuidad y han encontrado un lugar donde volver a explicar la vida y que todo el mundo la entienda. El humor hace eso: volver explicar las cosas, de modo sencillo y directo. Explicar el mundo de cero olvidando todo lo que se había dicho hasta entonces, aniquilando las frases hechas, los tópicos, lo esperado y lo establecido.
Los hombres y las mujeres nos reímos de lo que podemos.  Desgraciadamente el humor es una florecilla escasa y hace mucha ilusión cada vez que uno se la encuentra. Por eso, todos los días y todas las noches, nos ponemos de acuerdo y hacemos el humor en un sitio donde los hombres y las mujer puedan disfrutar por igual.