Una gente que, contra todo pronóstico,
esquía bien:
Los esquimales son unos seres tan misteriosos y desconocidos
que sólo con nombrarlos se me acurrucan los
tímpanos y se me escarcha el paladar.
Son una incógnita.
Vamos a ver: todos sabemos que los primeros homínidos
aparecieron en África y poco a poco fueron poblando
el planeta. Pasaron por la fértil tierra de Mesopotamia,
por España, Benidorm, etcétera. ¿Qué coño
vieron los esquimales en el Polo para decir: «Yo me
quedo aquí»? ¿Quién dijo: «Lo que mola es esto. Altamira
está bien para pintar paredes, pero lo que mola para
vivir es esto»? ¿Qué vieron? No sé, a lo mejor llegó
un visionario de los negocios y dijo: «Aquí ponemos
una gasolinera con un cartel bien grande: HAY HIELO, y
nos forramos».
Y si el hombre empezó en África… cuando llegaron
al Polo sólo tenían ropa de verano, taparrabos de manga
corta. Supongo que lo que pasó fue que, al llegar allí, las
mujeres vieron esos osos, con esas pieles, y se empeñaron
en un abrigo de lomos de armiño. Y luego los maridos
se empeñaron en que había que amortizarlo. Y a fuerza
de cariño y amortización, se quedaron allí.
Cuando acababan de llegar, ni siquiera se llamaban
«esquimales». Al principio no tenían ni idea de aquello,
ni conocían la zona; no sabían esquiar. Decían:
—¿Tú qué tal esquías?
—Yo, mal.
—¿Y tú?
—Yo esquío mal también.
—¿Y tú?
Yo esquío mal… esquío mal, esquiomal, esquimal…
y se quedaron con el nombre. La cuestión es que ahora
ya esquían bien, y ésa es una de las grandes paradojas del
pueblo esquimal.
Otra cosa rara de esta gente son sus construcciones:
los iglús. Unas casas sin esquinas. ¿Cómo se amuebla un
iglú? ¡Que tienen las paredes redondas! Una estantería,
una cama, una mesa… lo arrimas a la pared y quedan
huecos. ¿Cómo cuelgas un cuadro en un iglú? Y un cuadro
es algo baladí, ¿pero un extintor?, ¿cómo cuelgan un
extintor? Porque un extintor sí que es importante en un
iglú. Un incendio allí… y lo pierdes todo. Vuelves a casa
y sólo queda la bañera llena de agua. La explicación es
curiosa: para colgar los extintores les dibujan un reloj de
arena encima, como el de Windows. Así la gente pregunta:
—¿Y este extintor?
—No, es que está colgado.
Este chiste no tiene ninguna gracia porque estamos
en España. Los esquimales son tan extraños que con esto
se mondan. Fijaos si son raros que, como viven en
iglús, cuando se van de camping, las tiendas de campaña
tienen forma de vivienda unifamiliar.
Otra extravagancia de estos señores es andar con
raquetas en los pies. Eso… los adultos; los niños supongo
que llevarán raquetas de ping-pong. Y no sólo porque
el pie es más pequeño, sino porque las raquetas de pingpong
tienen las suelas de goma, y eso viene muy bien para
los niños esquimales, que están todo el día pisando los
charcos. Y aquí viene otra duda: ¿cómo se hacen los niños
esquimales? Porque a ver quién es el valiente que se
desnuda a treinta grados bajo cero. Diréis: «A través del
abrigo». Hombre, es un abrigo de veinte centímetros de
grosor… Eso está al alcance de muy pocos. Yo he llegado
a la conclusión de que, en el Polo, coitos, los justos.
Otra cosa que tampoco se practica en el Polo es el
ciclismo, porque los sillines son de hielo y, con el roce, a
los pobres esquimales les salen lo que vulgarmente se
llaman «hemorroides polares», o «polaroides», que son
unas verruguitas en el ano que hacen fotos. Y las polaroides
no se curan con Hemoal: hay que echarles Licor del
Polo. Y en la intimidad, porque como te pillen en una
plaza de Laponia con una botella de Licor del Polo, te
multan por hacer botellón. Viene Gallardón con unas
raquetas de pádel en los pies y te detiene.
¡Qué misterioso es el pueblo esquimal! Y a la vez,
qué fácil de entender.
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