domingo, 2 de enero de 2011

Las cajas de bombones y galletas surtidas (esas grandes desconocidas)

Hay algo que todos sabemos que existe, pero nadie conoce
suficientemente: las cajas de bombones. Las hemos visto,
sí, pero ¿cuántas hemos llegado a abrir? Son como el cuerpo
humano, sólo abrimos si es estrictamente necesario.
No las abrimos porque son un regalo. Ya pueden estar
nuestros hijos aullando de hambre y nuestra mujer diciendo:
«Cariño, ya no queda carne de perro en la nevera
y, a causa del hambre, los niños pasan más tiempo desmayados
que conscientes. ¿No crees que ha llegado ya la hora
de abrir la caja de bombones?». ¿Qué le vas a decir?
¿Que sí? ¿Y si mañana tienes que hacer un regalo, qué?
La caja de bombones es un regalo reciclable. Según
nos llega la cogemos y la escondemos en un armario. Ni
siquiera es necesario quitar el papel de regalo porque hemos
desarrollado el oído a tales niveles que, simplemente
con agitarla, ya decimos: «Tate, bombones, ¡al armario!
». Y allí se queda hasta que seamos nosotros los que
tengamos que hacer un regalo a alguien.
Las cajas de bombones ni se crean ni se destruyen, se
reciclan. Cuando nos dan una fingimos mucha ilusión, como
si se tratara de algo que nos hace falta, unos guantes,
una caja de herramientas, un marcapasos... «¡Bombones!
¿Quién te lo ha dicho? Ya le había echado el ojo yo... Menos
mal que me la regalas, porque tenía pensado comprarme
esta mismita». Pero en realidad estás pensando: «Esta
mismita se la coloco a mi hermana por su cumpleaños».
Las cosas cambian cuando el regalador ha venido
a merendar a casa y ha traído caja de bombones. En ese
caso estás atrapado, hay que abrir la caja por pelotas. Empieza
el ritual, lo primero es quitarle el papel de regalo
con todo el cuidado del mundo: «Me tengo que comer
los bombones, pero al menos el papel lo aprovecho».
Al comerlos se nota que somos novatos, nos los comemos
con miedo. No es en plan: «¡Hala, pa’dentro!».
No, le damos un mordisquito, analizamos su sección...
¡No sabemos con qué nos vamos a encontrar! Es como la
ruleta rusa, todos los bombones son aparentemente
iguales, pero te puede tocar el delicioso praliné o la temida
naranja amarga confitada. ¡¿Qué retorcida mente sin
escrúpulos puede inventar ese sabor?! «Naranja», pase.
¿Pero «amarga» y «confitada»? ¡Si la fruta confitada es
lo que sobra de todas las cestas de Navidad! ¿Por qué nos
empeñamos en meterla dentro de los bombones?
Eso se solucionaría si marcaran esos bombones de
un modo especial, como se hace con los de licor. Nadie
se la juega con un bombón que esté envuelto en papel rosado
o en celofán rojo, sabes con qué te vas a encontrar:
el líquido pegajoso y la cereza seca. Nadie se los come
y todos en paz.
Si sois pobres, como yo, lo más parecido a una caja
de bombones que vais a ver en vuestras vidas es la Caja
de Surtido Cuétara. La caja de galletas surtidas es la
caja de bombones de las clases proletarias. Lo curioso
es que, en las cajas de galletas surtidas, lo primero que
desaparece son las galletas que están envueltas en papelillo
de color.
Ah... deliciosas, chocolateadas y abarquilladas galletas...
¿¡Cómo pueden estar en la misma caja que una
galleta de arena!? La habéis visto, ¿verdad? Hay una galleta
que la ves y parece de arena. Luego la coges y tiene
tacto de arena. Finalmente la muerdes y dices: «¡Coño,
esto es arena!».
Las cajas de galletas surtidas tienen las mismas funciones
que las cajas de bombones: se regalan, se llevan
a meriendas, y sólo se sacan en ocasiones especiales, por
muy mal que vayan las cosas: «Cariño, los niños han empezado
a comerse a sus hermanos muertos. ¿No crees que
deberíamos abrir ya el Surtido Cuétara?». ¿Qué le vas
a decir? ¿Que sí? ¿Y si mañana tuvieras visita, qué?
Cuando la visita se va, a los niños sólo les quedan las
galletas de arena o las de arcilla, pero en su mente hay
una meta muy clara: el piso de abajo. Todos sabemos que
hay una norma: No se pasa al piso de abajo hasta que no haya
desaparecido la última galleta de arena, pero los niños tienen
sus propias consignas: «¡Muerte a las galletas de arena,
el barquillo para el que lo trabaja!».
El hombre tiene esa extraña manía de sacar lo bueno
sólo para las visitas.
La Coca-Cola, la vajilla buena, las galletas danesas
—que son tema aparte—, los cacahuetes bañados con
miel y ligeramente salados... ¿No es un poco absurdo?

0 comentarios:

Publicar un comentario