miércoles, 5 de enero de 2011

La única persona en el mundo capaz de volar.

Capítulo sexto y casi último
El plan: regresar al pueblo del hombre que sabia volar. El único problema era que ni él ni su mujer eran capaces de recordar el camino a través del bosque. La solución no tardó en aparecer. El que primero supo verla fue el hombre que operaba la miopía. Atarían una cuerda larga al tobillo del hombre que sabía volar, este se elevaría por encima de los árboles y desde allí arriba sería más fácil encontrar el camino a casa. El otro extremo lo agarraría su mujer. Él, con la cabeza en las nubes, decidiría el camino y ella, con sus preciosos pies en el suelo, guiaría al resto.
Tardaron en salir del bosque más de lo que esperaban porque los topos quisieron acompañarles. Estos bichos estaban muy agradecidos por haber recuperado la vista y sentían la obligación de acompañar a sus benefactores. Recibirían una bala en su lugar, si fuera necesario. Los fenómenos no pudieron negarse. Además no tenían prisa.
Cuando llegaron al poblado buscaron al mago usurpador. El muy cretino había comprado un teatro en el centro del pueblo y cada noche salía a escena con su traje negro, su chistera y un antifaz ridículo. El antifaz y la chistera no servían para nada. Eran únicamente para sacarse un sobresueldo vendiendo réplicas de mala calidad en el hall del teatro.
El mago usurpador había construido su espectáculo a base de copiar a magos de verdad. Él simplemente llegaba y reproducía los milagros pero, a diferencia de los auténticos fenómenos, utilizaba artefactos y maquinarias tramposas. Sin embargo, la gente salía encantada de su espectáculo. Decían cosas como:
-Está muy bien, casi no se ven los hilos con los que vuela.
-Sí, y los cristales de azúcar que se come parecen de verdad.
-Y el puntero láser que lleva en la punta del paraguas casi no se ve.
No siempre acertaban con sus pesquisas, pero nadie salía de allí con la seguridad de que aquello fuese imposible.
La idea fue de las mujeres. Compraron tres trajes iguales al que utilizaba el mago usurpador y después, en la tienda del teatro, tres chisteras y tres antifaces. Aprovechando la hora de comer, los fenómenos y sus señoras se colaron en el teatro. Los topos también entraron, pero ellos por una serie de galerías que daban al foso. No había nadie en el teatro y allí, al alcance de la mano, estaban todos los aparatos que empleaba el mago usurpador.
Repito que la idea fue de las mujeres. Una idea tan maravillosa como despiadada. Mientras los hombres se ponían los trajes, ellas se fueron directo hacia los aparatos del mago. Primero le quitaron las pilas al paraguas, después sustituyeron los cristales de azúcar por  cristales de verdad y por último, con una cuchilla de afeitar, debilitaron los hilos, cuerdas e imanes del aparato para volar.
Sólo quedaba esperar a que se levantara el telón.
Continuará…

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