Al nacer nos cuentan una mentira tan grandiosa como insospechable: Lo de los Reyes Magos. Realmente es una conspiración en todas las escalas. Están todos en el ajo, desde los familiares más cercanos hasta los medios de comunicación internacionales. Luego pasa el tiempo y llega un día, cuando cumplimos siete años más o menos, que los mayores nos citan ceremoniosamente y nos cuentan cómo va el asunto ese de los Reyes Magos. Ese día el mundo cobra otra dimensión y todo cambia. De repente pasamos a formar parte del selecto grupo de los que conocen esa verdad. Ese día estamos en el ajo. Yo quiero saber si hay más de esas preparadas. Saber si hay más ajos. Si me esperan más momentos de la vida en los que me van citar para revelarme algo que no me espero. Quiero saberlo, más que nada, para estar preparado. Si no imagínate: Estás, por ejemplo, a los sesenta y cinco años en un parque dando de comer a los patos y de repente, sin avisar, aparece un consejo de viejecitos, te rodean solemnemente y te explican algo brutal. Qué sé yo: lo de Dios, por ejemplo. Pues si lo llego a saber, a lo mejor, esa tarde no hago plan y me voy a una iglesia a decírselo a los curas. Ah, no, que no se puede. Que hay que mantener la mentira. Bueno, pues voy y miro con cara piadosa pero me troncho por dentro. Yo creo que en realidad es así, que las iglesias están llenas de abueletes que saben lo de Dios y que van allí a poner cara seria pero que en realidad se están tronchando por dentro. De echo alguna vez se les escapa una lagrimilla
Si en la vida hubiera tres momentos de esos, solo tres, en los que nos revelan algo que nos cambia la manera de entender el mundo ¿Qué cosas creéis que podrían ser y a qué edad nos las revelarían?
A los seis lo de Los Reyes. (está ya está comprobada)
A los sesenta y cinco lo de Dios. (mera suposición)
A los noventa y cinco lo de quien mató a Kennedy. (mera suposición)
A los ciento doce lo de qué hay detrás de la propia nuca. (mera suposición)
jueves, 30 de diciembre de 2010
La croqueta que queda
Hoy quería hablar de un pequeño ser al que no se le trata con el respeto que se merece. La croqueta que queda, la de la vergüenza, la que nadie quiere.
Que le digo yo a mi madre ¿Para qué la haces? Haz las demás. Esa no. Es muy sencillo, cuando las tengas todas amasadas y las vayas a echar a la sarten… deja una fuera.
Porque esa croqueta lo pasa mal. Viendo como la gente escoge a sus compañeras y ella en el plato: “Cógeme a mi, Cógeme a mi, Cógeme a mi… ” Como cuando el recreo del colegio se elegían los equipos para jugar al fútbol. Que iban eligiendo a los buenos y al final quedába sólo un gordo todo humillado. Yo creo que la croqueta que queda tiene que estar acomplejada. Seguro que se mira a si misma y se pregunta:
-¿Seré gorda?
-No amiga croqueta. Si fueras gorda desaparecerías la primera.
Lo malo es que cuando queda una croqueta sola en el plato, mágicamente, a todo el mundo se le acaba el hambre a la vez. Nadie se atreve a dejar el plato vacío. La gente se siente como extinguiendo una especie endémica. Como si se estuvieran comiendo un lince ibérico o un orangután. Además eso sucede también a gran escala. Imaginemos una mesa grande con cinco platos de croquetas. Los comensales atacan como aves rapaces, pero cuando sólo queda una croqueta en cada plato… ¡A todo el mundo se le acaba el hambre a la vez!
Queda una croquetilla sola en cada plato. Hasta que de repente un especialista en logística del piscolabis, en un alarde de genialidad, coge las cinco croquetas y las junta en el mismo plato. Yo me pregunto ¿de que hablarán esas croquetas que se acaban de conocer?
-A ti tampoco te han cogido ¿no?
-Yo es que tengo un borde quemado.
Y es curioso, cuando están las cinco en el plato la gente vuelve a tener hambre. La gente vuelve a coger croquetas hasta que solo queda una. Y a esa croqueta que queda sí que le tiene que entrar una depresión atroz.
Se queda en el plato fría, con la barriga lisa. Te da la sensación de que si le das la vuelta con un palo va a tener bichos bola, y ciempiés, y miñocas debajo.
Esa croqueta está fría de miedo. La pobre sabe que sólo le cabe esperar el descuartizamiento. Cierto. Nadie se atreve a dejar el plato vacío y el próximo que pase por ahí con un tenedor dirá…
-Pues yo me voy a coger media.
Y otro.
-Pues yo la mitad de la mitad.
-Y yo la mitad del cuarto que queda.
-Y yo la mitad de la mitad de la mitad de la mitad
Creo que se ha llegado ya al átomo de la croqueta.
Por eso la próxima vez que veáis a la croqueta que queda miradla a la cara si sois capaces. Porque no es fácil. No hay nada más difícil que saber cual es la parte de delante y cual es la parte de atrás de una croqueta. Es imposible saber si una croqueta viene o va, sólo sabemos que está. Y que está triste. Entre otras razones porque una croqueta no puede jugar a la Wii.
martes, 28 de diciembre de 2010
Disculpad
Disculpad que haya tardado tanto en refrescar este blog pero es que he estado escribiendo un libro muy gracioso. Aquí mucha gente dirá: Qué excusa tan buena. Me la apunto. Pues no, no es una excusa tan buena. Por varias razones. La primera, porque es cierto. Es cierto que he estado escribiendo un libro, es cierto que es muy gracioso y es cierto que por eso no he posteado últimamente. Y si una excusa es verdad no es buena. Las excusas se acercan a la excelencia cuanto más se alejan de la realidad. “Disculpad que haya tardado tanto en postear pero es que me han salido cinco padrastros, uno en cada dedo y al cicatrizar se me han quedado pegados. Y, claro, con la mano palmípeda es muy difícil teclear en el ordenador”. Eso hubiera estado un poco mejor.
En segundo lugar, la excusa del libro no es buena porque contiene la locución “es que”. Eso es muy barato. Una excusa nunca puede empezar por “es que”, que es una ordinariez. Decir “es que” es como poner un parche, un remiendo o un trozo de celo y la excusa buena tiene que aspirar a mejorar el universo. “Estos días no he estado escribiendo en el blog y gracias a ello el Papa ha podido venir a España tranquilo ”
Las excusas, para acercarse al arte, han de ser mentira y mejorar el mundo. Las gentes serias, tales como ministros de asuntos exteriores, dependientes del Corte Inglés o apoderados de banca utilizan excusas vagas que sólo buscan salvar su pellejo y flaco favor le hacen al mundo. “Es que me ha sido imposible”, “Es que me ha surgido un tema familiar”, “Es que he tenido que atender otro asunto más exterior”… decir eso y no decir nada es lo mismo.