Un invento loable y yo lo loo
No podemos aspirar a conocer la naturaleza de los
pegamentos. No podemos aspirar a saber cuánto tarda en
secar un pegamento. Y, sobre todo, no podemos aspirar
los pegamentos, porque es malo para el cuerpo.
El pegamento, mal que nos pese, se inventó porque
los seres humanos éramos muy torpes y las cosas se nos
rompían constantemente. El problema es que, cuando los
seres humanos rompemos algo, no lo queremos reconocer.
Decimos una frase que nos delata: «Huy, esto está
suelto». Como diciendo: «Esto no lo he roto yo. Esto es
así. Es cosa del fabricante, que lo ha hecho mal».
Estás en el salón de la casa de un amigo. Ves una figurita
de cerámica de Lladró horrible, valga la redundancia.
Una de estas cosas que regalan los de la fábrica al padre
cuando se jubila. Y tú no tienes por qué tocarla, no te
interesa. De hecho, ni sabías que el padre había trabajado
en una fábrica. Y, sin saber por qué, tu mano empieza a
moverse sola y va hacia la figurita, la coge y, ¡clac!, te quedas
con un trozo en la mano. Y te quieres morir.
Ya ves venir el drama familiar. Cuarenta años trabajando
ese padre y te has cargado el único recuerdo que le
quedaba de la fábrica. Te imaginas al padre por los rincones
de la casa: «¡Dios mío! ¡Qué fue lo que estuve haciendo yo
los últimos cuarenta años de mi vida! ¡No me acuerdo!
¡El único recuerdo que tenía se ha desvanecido!».
Para evitar estos momentos se inventó el pegamento,
para evitar que haya cosas sueltas. Una cosa suelta es
muy desconcertante. En todos los coches del mundo hay
una pieza de plástico negra que anda suelta por debajo de
los asientos... y ésa está suelta de verdad. Creo que los coches
la traen de serie, porque luego buscas a qué parte del
coche puede pertenecer y no es de ningún sitio.
El pegamento se inventó, pero la enfermedad es mejor
que el remedio, porque a un ser tan patoso que rompe todo
lo que toca no se le puede dar un líquido fácilmente inflamable,
que irrita los ojos y daña la piel. Es como cuando lees en
las instrucciones de una lijadora industrial: «No aplicar
en los testículos». Mira, a un tío que se le pasa eso por la cabeza
no se le debería dejar usar una lijadora industrial.
El más peligroso de los pegamentos es el pegamento
instantáneo: el Super Glue, el Loctite... Esos pegamentos
ultrarrápidos son tan rápidos que hay que echar el pegamento
antes de que se te rompa lo que quieres pegar.
Echas en un lado, en el otro... y no te da tiempo a unir
porque el pegamento ya se ha secado. Se han quedado las
dos partes blanquecinas, como el glaseado de los donuts,
pero a lo bestia. Estos pegamentos tienen una cosa muy
divertida que es la lista de materiales que pega: «Pega
plástico, madera, cristal, metal, goma, cuero, cerámica...».
¡Y no viene lo más importante! ¡Dedos! Junto al dibujito del
jarrón roto, la suela del zapato y la silla tendría que venir un
dibujo con dos dedos pegados, índice y pulgar, como dos
pinzas de cangrejo. Si intentas despegarlos, te despelleja
el pulpejo. ¿Y qué se nos ocurre? Quitarlo con los dientes.
Que es como comer pegamento: «Ya tengo los dedos despegados,
ahora me voy a comer el pegamento». Contra
todo pronóstico, eso es bueno. Ya os diré por qué.
Inmediatamente después de los pegamentos ultrarrápidos
vienen los pegamentos tipo Supergén, Imedio,
etcétera. Es una gran injusticia porque pagas un tubo de
pegamento Imedio y te dan uno sólo. Éstos tardan un día
entero en pegar. ¿No se puede hacer algo intermedio entre
dos milésimas de segundo y un día entero?
El Supergén sí que pega si sigues las instrucciones.
Cosa que no hace nadie. Éstas son las instrucciones del
Supergén:
1. Limpiar, secar y eliminar la grasa.
Venga, hombre, hay gente que no lo hace consigo
mismo, lo va a hacer porque se lo diga un pegamento. Y luego
pone:
Es conveniente lijar las superficies...
¡Anda ya! En la historia del Supergén nunca nadie se
ha puesto a lijar superficies. Luego sigue:
2. Aplicar una ligera capa en ambas superficies, dejar
transcurrir diez minutos y unir manteniendo la presión
durante varios minutos.
¡Ja, ja, ja! Eso no lo ha hecho nadie jamás.
Hay muchos más pegamentos. Ahora hay uno nuevo
que se llama No Más Clavos y cuesta casi ocho euros.
¿Eso no es un clavo? ¿En qué quedamos? También hay
una especie de pegamento blanco escolar, un líquido blanquecino
que no pega nada. Es como intentar pegar con leche
condensada. De hecho, la leche condensada pega bastante
más, que lo vi yo en una película.
Luego van los niños con los dedos de pegamento
y se los chupan; parece que se van a envenenar, ¡pero no!,
porque comer pegamento es bueno. Lo que no se puede
hacer es olerlo, comiéndolo no pasa nada. Los niños están
vacunados. No sé si recordáis que cuando éramos pequeños
había unos pegamentos Pelikan que venían en vasitos,
como si fueran tarrinas de helado. Hasta traían una especie
de cucharita de helado y tenían un olor delicioso a helado.
Creo que el término medio es seis: un niño normal se come
unas seis tarrinas de pegamento a lo largo de su vida. Y eso
te inmuniza para todo el pegamento que te puedas comer
en tu vida de adulto.
De hecho, es muy bueno para el sistema inmunitario.
A partir de entonces cada vez que te haces una herida se
cierra antes y ya no se abre más. Por eso los niños pueden
estar cayéndose en el cole todos los días, despellejándose
las rodillas, tirándose de cabeza por el tobogán y nunca
se rompen nada: porque están rellenos de pegamento.
Cabeza que se rompe, cabeza que se pega. Deberían
incluirlo en la dieta mediterránea.
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