martes, 4 de enero de 2011

La única persona en el mundo capaz de volar.

Pensaba darle fin al cuento hoy mismo, pero me parece que todavía hay para otro capítulo.
Capítulo quinto y penúltimo.
Los pies de la mujer del mago habían quedado destruidos después de correr por el bosque. Sus heridas eran tan profundas que en ellas ya vivía una familia de topos ciegos.  Había que hacer algo. El hombre de la choza grande lo intentó, pero él sólo sabía curar miopías. Después de sus esparajismos con el paraguas lo único que consiguió fue que los topos recuperaran la vista y decidieran que esas llagas ya no eran un lugar para vivir.
Él único bálsamo que pudo tener la mujer del mago fue una botella de delicioso vino francés que defecó el caballero de la choza pequeña. Aquí hay que destacar un pequeño detalle y es que la mujer del hombre que defecaba botellas, por primera vez, observó extrañada el milagro de su marido. Como si algo de lo que acabara de suceder escapara a la lógica.
- ¿Cómo has hecho? –Preguntó la mujer del hombre que defecaba botellas. Él no supo responder. –Hoy no lo has hecho como lo haces siempre. Normalmente rompes una botella, te metes los cristales en la boca y después expulsas la botella. Hoy, directamente la has cagado, llena y con tapón.
-Verás, cariño. Es que… realmente puedo defecar botellas. Te lo dije una vez y no me creíste. Por eso inventé lo de reconstruir la botella con los movimientos del estómago.
-Ese también es mi caso. –Dijo el hombre que podía volar.
-¿Tú cambien puedes cagar botellas de vino, champán o anís?
-No. Yo puedo volar.
-¿Y esos planos que me enseñaste? –Dijo la mujer del mago.
-Te mentí porque no me creías.
El hombre que curaba la miopía con un paraguas tomó la palabra.
-Yo también tengo algo que decir. El paraguas es absolutamente prescindible para cura la miopía. Lo hago sin más. Mágicamente.
Los tres fenómenos se fueron a dormir con la tranquilidad que da librarse de una mentira. Y sus mujeres con la inquietud que da haberse merecido dicha mentira. A la mañana siguiente decidirían en que dirección daban el siguiente paso.
Los pies de aquella mujer habían sido hermosos, habían sido unos pies de foto, y todavía sabían dar los pasos en la dirección correcta. Ella fue la primera en levantarse. Luego los demás desayunaron modestamente leche de topo y tostadas. Sí, aquella familia de topos se sentía tan agradecida por el don de la vista que entregaba cada mañana dos dedales de leche. Durante el desayuno planearon la vuelta al pueblo. Ellos tres eran mucho más especiales que el mago que les había quitado el trabajo.

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