miércoles, 5 de enero de 2011

Los topecillos blancos que viven debajo de la tapa del váter

Menos es nada
Desde sus orígenes hombres y mujeres han tenido
discusiones encarnizadas acerca del tema «levantar y bajar
la tapa del váter». Ese tema ha hecho que monologuistas
de los cinco continentes punto com llenaran páginas
y páginas de risas sin fin. Pero... ¿qué hay debajo de
todo esto? ¿Qué hay debajo de la tapa del váter? Pues
unos topecillos de plástico blancos con forma de supositorio
espachurrado a los que no se trata con el respeto
que se merecen.
Para empezar, no tienen nombre. ¿Cómo se llaman
esos topecillos? Los inventamos, los metemos en un váter y,
¡hala!, ni les ponemos nombre, ni nada. Es una ignominia.
Tal vez sea mejor así. Si tuvieran nombre y hubiera
que hablar con ellos, se nos caería la cara de vergüenza.
Y si se te cae la cara de vergüenza al váter, ¿cómo la recoges?
¿Con la escobilla? Imaginaos coger una cara del váter
y volvérsela a poner... Puaj, que se queda la cara como
mojada, brillante, como... Creo que eso sólo lo ha hecho
la duquesa de Alba.
Pero volviendo al tema... ¿Quién habrá inventado
esos topecillos? Imagino que es una de las últimas cosas
que se le añadieron al váter. Alguien dijo:
—Sí, el váter está bien... pero ¿sabéis lo que le falta
para que esté perfecto? Esto.
—Ajá..., ¿y cómo se llama?
—No tengo ni idea.
Nadie piensa en ellos. Viven ahí a oscuras. La gente
se cree que el cuarto de baño es un sitio iluminado, pero
de eso nada. Es oscuro. Tiene luz cuando entramos porque
encendemos; pero, cuando salimos, apagamos y ahí
se quedan los topecillos como los murciélagos.
Por eso no tienen ojos. Por eso y porque, si tuvieran
ojos y vieran la mierda de vida que llevan, se tirarían por
el váter. ¡Vaya vida! Todo el día contra el frío mármol del
váter... Eso debe de ser horrible.
¿Alguna vez os habéis sentado en el váter sin daros
cuenta de que la tapa estaba levantada? ¡Que te cuelas!
¡Notas el frío mármol en las nalgas! Es horrible, ¿verdad?
Pues ése es el día a día de los topecillos. Por eso tienen
esa pinta de croquetillas congeladas. Por el frío y
por los golpes, porque cada vez que cae la tapa... ¡Placa!
Que a nosotros nos da un susto... pero a ellos les da susto
y golpazo.
¿No se podría hacer nada para que la caída de la tapa
del váter no sea tan violenta? Se podrían almohadillar
los topecillos, o ponerles un muelle. Ahora que todo el
mundo personaliza los móviles podríamos personalizar
los topecillos. Sería como hacerle tuning al váter. Imaginaos:
abres la tapa del váter y se oye: «¿Qué pasaaa,
neng?». La verdad es que entre tunear un váter y tunear
los coches que tunean los tuneros tampoco hay mucha
diferencia.
Los topecillos dan mucha pena. Cuando quiero ver
los topecillos, levanto la tapa y están ahí, como los dientes
de Alexis Valdés, muy separados. Imagino que al bajar la
tapa se juntan y charlan de sus cosas, de sus ilusiones, de
sus esperanzas, de sus sueños...
Lo peor de los topecillos es el final. El final es muy
duro. Amarillean. A veces uno se descuelga y queda colgandero,
dando vueltas cual ruleta de la fortuna. Luego se
despega del todo y nos deja para siempre... Pero en la tapa
queda su silueta, como si lo hubieran asesinado y alguien
hubiera repasado el contorno de su cadáver.
El otro día me dieron tanta pena que los liberé. Los
arranqué de la tapa y les dije: «Sois libres..., os concedo un
deseo». ¿Y sabéis lo que me respondieron los topecillos?
«Queremos ver el mar.» Reservé los billetes de avión y
nos fuimos a ver el mar. Y en el aeropuerto me decían:
«Yo quiero ventana, yo quiero ventana...». Joder con los
topecillos, toda la vida mirando un váter y ahora se ponen
exquisitos...
Cada uno iba en su asiento. Qué curioso: era la primera
vez que los topecillos iban encima de un asiento y no
al revés. Total, que aterrizamos y los llevé a ver el mar.
¿Sabéis lo que dijeron? «Pues no es para tanto.» Ya. Es
que sin ojos ver el mar no es lo mismo.

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