Lo más seguro es que los golpes tontos lleven a la
extinción de la raza humana.
Por ejemplo, estás en la cocina buscando una cacerola,
abres un armarito, y no está. Pero la puerta del armarito
se queda abierta… Te agachas, abres uno de los
armarios de abajo, coges la cacerola, te levantas, y ¡zas!
Notas que la esquina te pela el cuero cabelludo. Notas
cómo se te clava en el cerebro. Si hay alguien cerca, también
lo nota. Los que te están mirando cierran los ojitos:
—¡Ay, ay, ay, ay!
—¡Joder! ¡Que me he dado yo! No me quitéis protagonismo.
Los ecologistas dicen que nos estamos cargando el
planeta. Puede ser, pero ni punto de comparación con lo
que le estamos haciendo a nuestro cuerpo. El «efecto invernadero
» puede ser preocupante, sobre todo en Almería.
El agujero de ozono, con no asomarse… Pero nosotros
vamos a extinguirnos antes de que se recaliente el
planeta.
Nos damos golpes tontos en todo el cuerpo, no sólo
en la cabeza.
Vamos a empezar por abajo.
¿Quién no se ha levantado alguna vez, en medio de
la noche, a coger un vaso de agua? Está todo oscuro, vas
descalzo… y le pegas un patadón a la pata de la mesa con
la punta del meñique. Quieres morir. Además, le damos
con el meñique. Tenemos cinco dedos para elegir, y escogemos
el meñique, el exterior del pie, como Ronaldo.
Como es de noche, no puedes gritar, así que pones
caras. Sabes que tienes treinta segundos de dolor intenso
que no te los quita nadie. No es como lo del armarito de
la cocina que, como hay gente delante, a ti te toca menos
dolor. Aquí es todo el dolor para ti solito, no hay nadie.
Te tiras al suelo, te agarras el pie, bailas… Dices: «Ya que
nadie me ve, al menos voy a hacer un poco el gilipollas».
Hay golpes más arriba. Todos conocemos esos pivotes
o bolardos de hierro que hay por las aceras. Y todos
conocemos una parte de cuerpo que se dobla, llamada
«rodilla». No digo más. Lo peor de este golpe es que
ocurre en plena calle, delante de unas trescientas personas,
y hay que disimular, actuar como si no hubiera pasado
nada. Sigues andando, cojeando y queriendo morir,
pero con cara de «lo hago siempre; cuando paso por aquí,
me gusta darme un golpecillo en la rodilla…».
Es un golpe terrible, tiene lo peor del golpe en la
cabeza y lo peor del golpe en el meñique. Como finges
que no ha pasado nada, te comes tú todo el dolor, no lo
repartes… y como hay gente delante, no puedes tirarte
al suelo, bailar y hacer el gilipollas.
Pie, rodilla… sigamos subiendo. ¿Quién no se ha dejado
caer alguna vez sobre un mullido sofá… pero sin hacer
bien el cálculo? Donde crees que te vas a encontrar
blando cojín, hay duro apoyabrazos. Es una impresión.
Como cuando te vas a sentar en el váter, no está la tapa,
y crees que te cuelas. Sólo que, con lo del váter, lo único
que haces es retrasar unos instantes la deposición, mientras
que con lo del sillón te levantas a toda velocidad cagándote
en todo.
Ya estamos casi magullados: pies, rodillas, culo…
Sigamos subiendo: la espalda. ¿Quién no ha ido alguna
vez a una piscina y le han dicho: «A que no das una voltereta
en el aire»? Normalmente, toda frase que empiece
por «A que no…» tiene un amargo desenlace. En el
caso de la piscina, hay que reconocer que el sonido es espectacular.
Y el color, porque sales del agua rosita, rosita,
como si fueras un Frigo Pie. Pero eso sí, disimulando,
como cuando el bolardo. En plan: «Estoy estupendamente.
Me van a tener que hacer un trasplante de piel y
seguramente tenga algún órgano reventado… Por lo demás,
estoy estupendamente».
Más arriba está el codo. Cuando apoyas mal el codo,
o te das contra la punta de una mesa, duele de una
manera muy rara. Da como calambre, como si tuviera
electricidad. A lo mejor, si tuviéramos los agujeros de la
nariz en los codos, podríamos enchufar cosas.
Otra manera de automutilarnos es comer pizza de
microondas. La acabas de sacar del horno, echa humo,
sabes que te vas a quemar, pero es inevitable: siempre
nos quemamos con el primer mordisco de la pizza de
microondas. Y no es una quemadura de «huy, me quemo
», y ya está. No, la pizza de microondas te derrite el
paladar, te lo despelleja.
Al final, te has destrozado la cabeza, el pie, la rodilla,
el culo, la espalda, el codo y el paladar. Sólo te queda
medio sana la lengua, pero un día te la muerdes. Estás
comiendo tranquilamente, y de repente, ¡ñaca!, y notas
cómo te late.
Y lo que más me indigna es que parece que al ser
humano no le basta, y se ha inventado los «falsos golpes
tontos», como el tipo que resbala con una cáscara de plátano.
¡Eso no ha ocurrido jamás!
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