viernes, 21 de enero de 2011

Los termómetros.

¿Cómo sabemos cuándo ellos están enfermos?
¿Es bueno poseer termómetros? No lo sé. Todo depende
de para qué quieras la fiebre.
Recuerdo que en mi familia éramos muy muy pobres
y no teníamos estufas. Entonces, cada vez que uno
tenía fiebre se consideraba una buena noticia: «¡Yujuu!
¡Grados gratis!». Recuerdo que una vez tuve fiebre, me
disfrazaron de mesa camilla y se sentaron todos alrededor
a jugar al cinquillo con los pies calentitos.
Un día murió un tío rico que teníamos, heredamos
una gran fortuna y nos compramos un termómetro. Y no
sé si eso es serio... Se supone que es un instrumento médico
de precisión, pero antes de usarlo hay que agitarlo como
si fuera un zumo de melocotón o un gazpacho de tetrabrick.
Es como si antes de pesar a un recién nacido hubiera
que agitar la báscula.
Las madres tiene un nervio especial en el brazo para
agitar los termómetros, los cogen y hacen ¡zach, zach,
zach...!, como si toda la vida hubieran manejado un látigo.
Mi madre lo agita con tanta energía que una vez se le escurrió
uno y lo clavó en el techo.
Pasa una cosa muy curiosa con los termómetros. Según
la edad que tengas, te ponen el termómetro en distintas
partes del cuerpo. Cuando eres un niño, en el culete. Es
inquietante, porque estás tumbado, con el ano mirando al
techo y la banderita clavada. Te entra complejo de hoyo
de golf.
Luego, cuando eres adulto, te lo ponen en la axila, lo
cual te hace sospechar... «Un momento, un momento, un
momento... Si se podía poner en la axila, ¿por qué me lo
metíais en el culo?»
Lo he pensado y lo peor no es ni que te lo pongan en
el culo cuando eres pequeño ni en el sobaco cuando eres
adulto. Lo peor es que, cuando eres abuelo, te lo ponen en
la boca. ¡Eso no tiene razón de ser! Ha pasado por los sobacos
y los culos de toda la familia, ¡y cuando llega el
abuelo se lo ponen en la boca! Así están los abuelos, que
siempre que hay uno en la cama con un termómetro en la
boca tiene cara de penita.
Se me ocurre una solución. ¿Por qué no hacen termómetros
con sabor? Eso mejoraría la cara de los enfermos.
Lo único que habría que evitar es ponerlos con sabor
a Chupa-Chups de Kojak, porque a lo mejor alguien se cree
que va a tener chicle dentro, lo mastica y se rompe. Y luego
los globos con el mercurio no salen igual de bien.
Ahora hay unos termómetros que no tienen mercurio:
los digitales. Tienen forma de reproductor de MP3.
Te los pones y te avisan. Sólo tienen un defecto: no te avisan.
Estás en la cama con el termómetro en el sobaco, el
pijama, las mantas, los oídos taponados, y hace un leve
«pi, pi, pi, pi». Suena y no te enteras.
Y la gente, esperando, esperando... Te curas, ya estás
bien... «Espera, que todavía no ha sonado el termómetro
». Te vas a trabajar, a comer churros... y la gente:
—Oye, ¿por qué no mueves el brazo?
—No, es que llevo un termómetro que todavía no
me ha sonado.
Hay varios tipos de termómetros. Está el termómetro
para vinos, que es un termómetro normal pero con un
martillo encima. Un consejo: no intentéis clavar clavos
con él. Se rompe. ¿Para qué será ese martillito? Yo creía
que era por si te ponían uno de ésos en el culete... para que
no se colara hacia dentro.
También está el termómetro urbano. Es el segundo
invento más impreciso del mundo. Siempre dice la temperatura
que no es. Ves uno y dice 66º, luego hay otro justo al
lado que marca 11º. Dices: ¿qué hago? ¿Saco la media?
Sólo hay un invento más impreciso que el termómetro
urbano, el instrumento de medición menos serio del
planeta: el aplausómetro. El aplausómetro es como un
termómetro gigante que mide los aplausos... de la manera
más subjetiva y fraudulenta del mundo. No es serio. Hacen
trampa. Imaginaos que las elecciones nacionales fueran
con aplausómetro... En lugar de reunirnos en colegios
electorales, nos citarían a todos en la plaza Mayor... y saldría
Jordi Estadella: «¡Un fuerte aplauso para el Partido
Popular!». «Muy bien, ocho puntos; ahora un fuerte
aplauso para el Partido Socialista...»
Los termómetros no son serios. Los aplausómetros
no son serios. Pero ¿quién ha dicho que lo bueno sea lo
serio?

miércoles, 19 de enero de 2011

En el amor siempre sobra un brazo.

Cuatro brazos no ven más que tres
Los brazos son esos cilindros de carne que cuelgan a los lados del cuerpo, muy útiles para que no se nos caigan las manos al suelo, para ponernos inyecciones, para pagar en los aparcamientos y para bailar break dance. Sin embargo, los brazos son muy molestos cuando
uno se enamora, porque en el amor siempre sobra un brazo.
Vas al cine con tu novia y hay cuatro brazos para tres reposabrazos. ¡Ahí te sobra un brazo! No puedes hacer nada. Dices: «Ya sé, se lo pongo así por detrás». ¡Nooo! Porque los sillones de cine hacen efecto torniquete. Si la peli es larga se te corta la circulación. ¡Viendo Los diez mandamientos, Jesús de Nazaret o Rey de reyes hay brazos que se han llegado a gangrenar! El brazo incorrupto de Santa Teresa se quedó así de una vez que Santa Teresa fue con Franco al cine.
Si te quedas en casa a ver una peli con tu novia, los dos tumbaditos en el sofá, ¡vuelve a sobrar un brazo! Se te clava en las costillas. Lo que pasa es que los tíos no lo queremos reconocer. Te pregunta ella:
—¿Tú estás cómodo?
¿Por qué los mayores construyen los columpios siempre encima de un charco?
Nadie dice «¡No! Se me acaba de colar el codo entre dos costillas y me estoy palpando un pulmón». ¡Nadie! La frase es:
—Yo estoy perfecto, ¿tú cómo estás?
Peor es cuando uno se casa, porque pide la mano de una hija. Me parece una falta de sinceridad que uno pida las manos de las hijas cuando en realidad lo que le interesa
son los ojos, las tetas o los culos. ¿Usted no desconfiaría
si el Capitán Garfio viniera a pedir la mano de su hija?
En el matrimonio la gente pide la mano, se coge el brazo y luego ese brazo sobra. En la misma boda ya se ve. La novia tiene un ramo en un brazo y en el otro al novio. El novio tiene en un brazo a la novia, pero... en el otro, ¿qué? Ese brazo sobra. No vale para nada. Está tonto. Por eso cuando luego coge las arras, siempre se le caen.
En la cama es mucho peor. La intentas abrazar por detrás, en plan cucharita, y vuelve a sobrar un brazo. No sabes dónde meterlo. El pobre brazo se queda aplastado, le falta riego y se duerme. Hay brazos que se quedan tan profundamente dormidos que roncan. Y ella:
—Serás miserable, ¡ya te has dormido!
—No, yo no. Es el brazo, lo juro, que está roncando por los codos.
Todavía no tenemos una solución para cuando se te queda el brazo aprisionado entre el cuerpo de la persona amada y el colchón. ¡Con lo fácil que sería construir los colchones con un agujero! Podrías dormirte abrazando a la persona amada y acariciando al perro que duerme debajo de la cama.
Incluso en cuerpos perfectos, como los de Angelina Jolie y Brad Pitt, sobran brazos. Imagina la cara que se
le tuvo que poner al pobre Brad cuando ve ese brazo de Angelina todo ilustrado con los nombres de los amantes que ha tenido. Brad dice: «Nena, ese brazo sobra».
Chicas, pensadlo bien. Sin ese brazo remaríamos igual que vosotras en las barcas del Retiro. Cuando fuéramos dos bajo un paraguas no se quedaría un brazo fuera. Y, lo más importante, sin ese brazo oleríamos mucho mejor porque sólo tendríamos un sobaco.
La vida sigue, los hombres y las mujeres se seguirán amando, pero siempre habrá un brazo que seguirá sobrando.
Es así. En el amor sobran brazos y faltan manos.
Fin
¿Sabías que...?
En el mundo sobran 2.000 millones de brazos. Sin embargo, se ha calculado que si fueran extirpados y tirados a un volcán para comodidad de los amantes, sectores como los de la fabricación de guantes, mancuernas,
coderas y cabestrillos alcanzarían pérdidas cercanas al veinticinco por ciento, lo que sería prácticamente
inapreciable para la economía mundial.

domingo, 16 de enero de 2011

La única persona en el mundo capaz de volar.

Por fin el último capítulo. Ojo, contiene momentos no aptos para menores.
Capítulo séptimo y último
El mago usurpador hacía dos funciones al día, y en ambas estaban vendidas todas las localidades. La primera función fue muy divertida. La gente creyó que estaba en un espectáculo cómico. Falló el efecto del paraguas, después el mago tragó cristales de verdad y antes de empezar escupir sangre se subió al cacharro de volar. Los hilos se rompieron cuando estaba en lo más alto, cayó, las tablas del escenario cedieron y acabó en el foso. Allí fue donde escupió sangre por primera vez. Que no fue escupir exactamente, más bien fue toser. De todos modos aguantó poco sobre el suelo de foso. Cuando parecía que no podía caer más bajo, se oyó un crujido. El suelo del foso, debilitado por las galerías de los topos, cedió y el plagiador acabó bajo tierra. Ese pequeño detalle fue considerado por los topos como una intromisión y un plagio a su condición de vida, y enfurecidos se lanzaron sobre él y le comieron los ojos.
La segunda sesión fue magia de verdad. Primero salió al escenario el fenómeno capaz de curar la miopía. Lo hizo sin paraguas y además a todo el pueblo. La gente aplaudía entusiasmada y nadie notó como el oftalmólogo se retiraba para dejar paso al segundo de los fenómenos. Tal era la euforia que el mago comenzó a sacar de su ano botellas de champán para todos, frías y con tapón. La gente salió a la calle feliz, fascinada y sintiéndose testigos de lo imposible. A nadie le importó que aún faltara uno de los efectos que se anunciaba en el programa. La fiesta en la calle era de tal envergadura que la única persona en el mundo capaz de volar, subió hasta las nubes y pintó el mapa de su pueblo con todos los habitantes felices y sonrientes por primera vez en su historia.
Los que lo vieron lo contaron con tanta euforia que no hubo incrédulos y  por eso no se volvió a presentar magia en aquel teatro. ¿Para qué más?
Fin
 
¿Sabías que...?
En el mundo sobran 2.000 millones de brazos. Sin embargo, se ha calculado que si fueran extirpados y tirados a un volcán para comodidad de los amantes, sectores como los de la fabricación de guantes, mancuernas,
coderas y cabestrillos alcanzarían pérdidas cercanas al veinticinco por ciento, lo que sería prácticamente
inapreciable para la economía mundial.

viernes, 7 de enero de 2011

Las camas.

 Donde la horizontalidad campa a sus anchas
Unos de los seres más importantes para entender
nuestro paso efímero por la vida son las camas.
¿Qué es una cama?, se pregunta la gente que no sabe
lo que es una cama. Para el ojo inexperto una cama no
es más que ese animal cuadrúpedo cubierto con una colcha
que hay en los dormitorios y que sirve para darse un
golpe en el dedo meñique cuando estamos descalzos. Pero
una cama no sirve sólo para eso, la cama tiene un fin mucho
más noble: guardar las pelusas de polvo.
¿Y qué son las pelusas?, se pregunta la gente que no
sabe qué son las pelusas. Las pelusas son la vida que pasa.
Cuando dormimos, las camas absorben nuestro cansancio
y lo expulsan por abajo, convertido en pelusas. Por eso debajo
de las cunas hay tan pocas pelusas, porque los bebés
no descansan en las cunas. Gritan, lloran, dan patadas...,
pero el cansancio no lo sueltan, se lo quedan ellos. Y luego
se duermen por ahí, encima de cualquier cosa. Por
ejemplo, encima de una abuela... Si os fijáis, las abuelas
tienen el cutis lleno de pelusilla, porque se les duermen
los nietos encima.
No es lo normal, pero se han dado casos de bebés
que se han quedado dormidos varios días sobre una abuela,
y han dado lugar al llamado «efecto algodón de azúcar»,
que es cuando la pelusilla de la abuela se funde con el cardado
y la abuela entera parece un capullito de seda del
que acaba saliendo una mariposa. Ya digo que no es lo
normal.
Después crecemos y nos pasan a una cama normal.
Una cama nido, por ejemplo. Una cama nido siempre decepciona.
Oyes hablar de la cama nido y te imaginas algo
en un árbol. Luego la ves y piensas: «Como no rompa el
edredón de plumas...».
La auténtica cama nido es la del piso de estudiantes.
Más que «nido» es «cama madriguera». Esa cama hecha
por la madre del estudiante el día que lo deja en la ciudad...
y que no se ha vuelto a hacer jamás. Se va convirtiendo
en un amasijo de sábanas, mantas, colchas, compacts
de Sabina, apuntes... Ahí el estudiante vigoroso
horada una madriguerilla y se duerme agazapado como un
hámster. Esa cama tiene debajo unas pelusas como la barba
de Valle-Inclán, unas pelusas de polvo con denominación
de origen que si las tapizas te puedes hacer un puf.
El estudiante es un ser lleno de vida y cada día que
pasa deja debajo de la cama gran residuo vital de pelusas
de polvo. A veces en la cama del estudiante duerme una
estudiante chica, hacen el coito, y eso supone dosis extra
de polvo.
Pasa una cosa muy curiosa cuando unos estudiantes
hacen el coito en una cama madriguera de estudiante.
Hace ruiditos, «ñiqui, ñiqui, ñiqui...», y se molesta a la
persona que está en la cama del piso de abajo. Cuando
uno está en la cama y se oye a los de arriba hacer el coito,
molesta mucho, pero no porque no te dejen dormir,
no. Molesta de envidia, porque ellos están haciendo el
coito y tú no. De hecho, si tú estuvieras haciendo el coito,
no oirías sus ruiditos y serías mucho más feliz. Los
colchones de agua se inventaron con este silencioso fin.
Aunque no sé qué es peor, si sufrir ruiditos o sufrir goteras.
Lo realmente terrible es una gotera en una litera:
eso significa que tu hermano se ha vuelto a mear.
Conocemos poco las camas y están llenas de enigmas:
¿cómo se hace el colchón de una cama redonda? ¿Se
coge un colchón normal y se tira rodando por una montaña
de lija? ¿Dónde se pone la almohada en una cama redonda?
La verdad, para lo que va a durar ahí... Ahora, con
el futón de Ikea, se ha puesto de moda poner la cama en el
suelo. ¿Dónde guarda las pelusas la gente que tiene la cama
en el suelo? Eso tiene que salir por algún sitio. A lo
mejor le hacen una gotera de pelusas al vecino de abajo.
Las pelusas son las escamas de piel, los pelitos..., la
vida que se nos cae a lo largo de un día. Si no las barriéramos,
al final de una vida podríamos reconstruir nuestro
cuerpo otra vez y ser inmortales. Es bonito. Una cochinada,
pero bonito.
Nacemos en una cama y morimos en una cama.
Y cuando morimos dicen que descansamos en paz, pero el
que realmente descansa es nuestro colchón, que por fin se
jubila y no tiene que hacer más pelusas.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los topecillos blancos que viven debajo de la tapa del váter

Menos es nada
Desde sus orígenes hombres y mujeres han tenido
discusiones encarnizadas acerca del tema «levantar y bajar
la tapa del váter». Ese tema ha hecho que monologuistas
de los cinco continentes punto com llenaran páginas
y páginas de risas sin fin. Pero... ¿qué hay debajo de
todo esto? ¿Qué hay debajo de la tapa del váter? Pues
unos topecillos de plástico blancos con forma de supositorio
espachurrado a los que no se trata con el respeto
que se merecen.
Para empezar, no tienen nombre. ¿Cómo se llaman
esos topecillos? Los inventamos, los metemos en un váter y,
¡hala!, ni les ponemos nombre, ni nada. Es una ignominia.
Tal vez sea mejor así. Si tuvieran nombre y hubiera
que hablar con ellos, se nos caería la cara de vergüenza.
Y si se te cae la cara de vergüenza al váter, ¿cómo la recoges?
¿Con la escobilla? Imaginaos coger una cara del váter
y volvérsela a poner... Puaj, que se queda la cara como
mojada, brillante, como... Creo que eso sólo lo ha hecho
la duquesa de Alba.
Pero volviendo al tema... ¿Quién habrá inventado
esos topecillos? Imagino que es una de las últimas cosas
que se le añadieron al váter. Alguien dijo:
—Sí, el váter está bien... pero ¿sabéis lo que le falta
para que esté perfecto? Esto.
—Ajá..., ¿y cómo se llama?
—No tengo ni idea.
Nadie piensa en ellos. Viven ahí a oscuras. La gente
se cree que el cuarto de baño es un sitio iluminado, pero
de eso nada. Es oscuro. Tiene luz cuando entramos porque
encendemos; pero, cuando salimos, apagamos y ahí
se quedan los topecillos como los murciélagos.
Por eso no tienen ojos. Por eso y porque, si tuvieran
ojos y vieran la mierda de vida que llevan, se tirarían por
el váter. ¡Vaya vida! Todo el día contra el frío mármol del
váter... Eso debe de ser horrible.
¿Alguna vez os habéis sentado en el váter sin daros
cuenta de que la tapa estaba levantada? ¡Que te cuelas!
¡Notas el frío mármol en las nalgas! Es horrible, ¿verdad?
Pues ése es el día a día de los topecillos. Por eso tienen
esa pinta de croquetillas congeladas. Por el frío y
por los golpes, porque cada vez que cae la tapa... ¡Placa!
Que a nosotros nos da un susto... pero a ellos les da susto
y golpazo.
¿No se podría hacer nada para que la caída de la tapa
del váter no sea tan violenta? Se podrían almohadillar
los topecillos, o ponerles un muelle. Ahora que todo el
mundo personaliza los móviles podríamos personalizar
los topecillos. Sería como hacerle tuning al váter. Imaginaos:
abres la tapa del váter y se oye: «¿Qué pasaaa,
neng?». La verdad es que entre tunear un váter y tunear
los coches que tunean los tuneros tampoco hay mucha
diferencia.
Los topecillos dan mucha pena. Cuando quiero ver
los topecillos, levanto la tapa y están ahí, como los dientes
de Alexis Valdés, muy separados. Imagino que al bajar la
tapa se juntan y charlan de sus cosas, de sus ilusiones, de
sus esperanzas, de sus sueños...
Lo peor de los topecillos es el final. El final es muy
duro. Amarillean. A veces uno se descuelga y queda colgandero,
dando vueltas cual ruleta de la fortuna. Luego se
despega del todo y nos deja para siempre... Pero en la tapa
queda su silueta, como si lo hubieran asesinado y alguien
hubiera repasado el contorno de su cadáver.
El otro día me dieron tanta pena que los liberé. Los
arranqué de la tapa y les dije: «Sois libres..., os concedo un
deseo». ¿Y sabéis lo que me respondieron los topecillos?
«Queremos ver el mar.» Reservé los billetes de avión y
nos fuimos a ver el mar. Y en el aeropuerto me decían:
«Yo quiero ventana, yo quiero ventana...». Joder con los
topecillos, toda la vida mirando un váter y ahora se ponen
exquisitos...
Cada uno iba en su asiento. Qué curioso: era la primera
vez que los topecillos iban encima de un asiento y no
al revés. Total, que aterrizamos y los llevé a ver el mar.
¿Sabéis lo que dijeron? «Pues no es para tanto.» Ya. Es
que sin ojos ver el mar no es lo mismo.

La única persona en el mundo capaz de volar.

Capítulo sexto y casi último
El plan: regresar al pueblo del hombre que sabia volar. El único problema era que ni él ni su mujer eran capaces de recordar el camino a través del bosque. La solución no tardó en aparecer. El que primero supo verla fue el hombre que operaba la miopía. Atarían una cuerda larga al tobillo del hombre que sabía volar, este se elevaría por encima de los árboles y desde allí arriba sería más fácil encontrar el camino a casa. El otro extremo lo agarraría su mujer. Él, con la cabeza en las nubes, decidiría el camino y ella, con sus preciosos pies en el suelo, guiaría al resto.
Tardaron en salir del bosque más de lo que esperaban porque los topos quisieron acompañarles. Estos bichos estaban muy agradecidos por haber recuperado la vista y sentían la obligación de acompañar a sus benefactores. Recibirían una bala en su lugar, si fuera necesario. Los fenómenos no pudieron negarse. Además no tenían prisa.
Cuando llegaron al poblado buscaron al mago usurpador. El muy cretino había comprado un teatro en el centro del pueblo y cada noche salía a escena con su traje negro, su chistera y un antifaz ridículo. El antifaz y la chistera no servían para nada. Eran únicamente para sacarse un sobresueldo vendiendo réplicas de mala calidad en el hall del teatro.
El mago usurpador había construido su espectáculo a base de copiar a magos de verdad. Él simplemente llegaba y reproducía los milagros pero, a diferencia de los auténticos fenómenos, utilizaba artefactos y maquinarias tramposas. Sin embargo, la gente salía encantada de su espectáculo. Decían cosas como:
-Está muy bien, casi no se ven los hilos con los que vuela.
-Sí, y los cristales de azúcar que se come parecen de verdad.
-Y el puntero láser que lleva en la punta del paraguas casi no se ve.
No siempre acertaban con sus pesquisas, pero nadie salía de allí con la seguridad de que aquello fuese imposible.
La idea fue de las mujeres. Compraron tres trajes iguales al que utilizaba el mago usurpador y después, en la tienda del teatro, tres chisteras y tres antifaces. Aprovechando la hora de comer, los fenómenos y sus señoras se colaron en el teatro. Los topos también entraron, pero ellos por una serie de galerías que daban al foso. No había nadie en el teatro y allí, al alcance de la mano, estaban todos los aparatos que empleaba el mago usurpador.
Repito que la idea fue de las mujeres. Una idea tan maravillosa como despiadada. Mientras los hombres se ponían los trajes, ellas se fueron directo hacia los aparatos del mago. Primero le quitaron las pilas al paraguas, después sustituyeron los cristales de azúcar por  cristales de verdad y por último, con una cuchilla de afeitar, debilitaron los hilos, cuerdas e imanes del aparato para volar.
Sólo quedaba esperar a que se levantara el telón.
Continuará…

Los pegamentos.

Un invento loable y yo lo loo
No podemos aspirar a conocer la naturaleza de los
pegamentos. No podemos aspirar a saber cuánto tarda en
secar un pegamento. Y, sobre todo, no podemos aspirar
los pegamentos, porque es malo para el cuerpo.
El pegamento, mal que nos pese, se inventó porque
los seres humanos éramos muy torpes y las cosas se nos
rompían constantemente. El problema es que, cuando los
seres humanos rompemos algo, no lo queremos reconocer.
Decimos una frase que nos delata: «Huy, esto está
suelto». Como diciendo: «Esto no lo he roto yo. Esto es
así. Es cosa del fabricante, que lo ha hecho mal».
Estás en el salón de la casa de un amigo. Ves una figurita
de cerámica de Lladró horrible, valga la redundancia.
Una de estas cosas que regalan los de la fábrica al padre
cuando se jubila. Y tú no tienes por qué tocarla, no te
interesa. De hecho, ni sabías que el padre había trabajado
en una fábrica. Y, sin saber por qué, tu mano empieza a
moverse sola y va hacia la figurita, la coge y, ¡clac!, te quedas
con un trozo en la mano. Y te quieres morir.
Ya ves venir el drama familiar. Cuarenta años trabajando
ese padre y te has cargado el único recuerdo que le
quedaba de la fábrica. Te imaginas al padre por los rincones
de la casa: «¡Dios mío! ¡Qué fue lo que estuve haciendo yo
los últimos cuarenta años de mi vida! ¡No me acuerdo!
¡El único recuerdo que tenía se ha desvanecido!».
Para evitar estos momentos se inventó el pegamento,
para evitar que haya cosas sueltas. Una cosa suelta es
muy desconcertante. En todos los coches del mundo hay
una pieza de plástico negra que anda suelta por debajo de
los asientos... y ésa está suelta de verdad. Creo que los coches
la traen de serie, porque luego buscas a qué parte del
coche puede pertenecer y no es de ningún sitio.
El pegamento se inventó, pero la enfermedad es mejor
que el remedio, porque a un ser tan patoso que rompe todo
lo que toca no se le puede dar un líquido fácilmente inflamable,
que irrita los ojos y daña la piel. Es como cuando lees en
las instrucciones de una lijadora industrial: «No aplicar
en los testículos». Mira, a un tío que se le pasa eso por la cabeza
no se le debería dejar usar una lijadora industrial.
El más peligroso de los pegamentos es el pegamento
instantáneo: el Super Glue, el Loctite... Esos pegamentos
ultrarrápidos son tan rápidos que hay que echar el pegamento
antes de que se te rompa lo que quieres pegar.
Echas en un lado, en el otro... y no te da tiempo a unir
porque el pegamento ya se ha secado. Se han quedado las
dos partes blanquecinas, como el glaseado de los donuts,
pero a lo bestia. Estos pegamentos tienen una cosa muy
divertida que es la lista de materiales que pega: «Pega
plástico, madera, cristal, metal, goma, cuero, cerámica...».
¡Y no viene lo más importante! ¡Dedos! Junto al dibujito del
jarrón roto, la suela del zapato y la silla tendría que venir un
dibujo con dos dedos pegados, índice y pulgar, como dos
pinzas de cangrejo. Si intentas despegarlos, te despelleja
el pulpejo. ¿Y qué se nos ocurre? Quitarlo con los dientes.
Que es como comer pegamento: «Ya tengo los dedos despegados,
ahora me voy a comer el pegamento». Contra
todo pronóstico, eso es bueno. Ya os diré por qué.
Inmediatamente después de los pegamentos ultrarrápidos
vienen los pegamentos tipo Supergén, Imedio,
etcétera. Es una gran injusticia porque pagas un tubo de
pegamento Imedio y te dan uno sólo. Éstos tardan un día
entero en pegar. ¿No se puede hacer algo intermedio entre
dos milésimas de segundo y un día entero?
El Supergén sí que pega si sigues las instrucciones.
Cosa que no hace nadie. Éstas son las instrucciones del
Supergén:
1. Limpiar, secar y eliminar la grasa.
Venga, hombre, hay gente que no lo hace consigo
mismo, lo va a hacer porque se lo diga un pegamento. Y luego
pone:
Es conveniente lijar las superficies...
¡Anda ya! En la historia del Supergén nunca nadie se
ha puesto a lijar superficies. Luego sigue:
2. Aplicar una ligera capa en ambas superficies, dejar
transcurrir diez minutos y unir manteniendo la presión
durante varios minutos.
¡Ja, ja, ja! Eso no lo ha hecho nadie jamás.
Hay muchos más pegamentos. Ahora hay uno nuevo
que se llama No Más Clavos y cuesta casi ocho euros.
¿Eso no es un clavo? ¿En qué quedamos? También hay
una especie de pegamento blanco escolar, un líquido blanquecino
que no pega nada. Es como intentar pegar con leche
condensada. De hecho, la leche condensada pega bastante
más, que lo vi yo en una película.
Luego van los niños con los dedos de pegamento
y se los chupan; parece que se van a envenenar, ¡pero no!,
porque comer pegamento es bueno. Lo que no se puede
hacer es olerlo, comiéndolo no pasa nada. Los niños están
vacunados. No sé si recordáis que cuando éramos pequeños
había unos pegamentos Pelikan que venían en vasitos,
como si fueran tarrinas de helado. Hasta traían una especie
de cucharita de helado y tenían un olor delicioso a helado.
Creo que el término medio es seis: un niño normal se come
unas seis tarrinas de pegamento a lo largo de su vida. Y eso
te inmuniza para todo el pegamento que te puedas comer
en tu vida de adulto.
De hecho, es muy bueno para el sistema inmunitario.
A partir de entonces cada vez que te haces una herida se
cierra antes y ya no se abre más. Por eso los niños pueden
estar cayéndose en el cole todos los días, despellejándose
las rodillas, tirándose de cabeza por el tobogán y nunca
se rompen nada: porque están rellenos de pegamento.
Cabeza que se rompe, cabeza que se pega. Deberían
incluirlo en la dieta mediterránea.

martes, 4 de enero de 2011

Los esquimales

Una gente que, contra todo pronóstico,
esquía bien:
Los esquimales son unos seres tan misteriosos y desconocidos
que sólo con nombrarlos se me acurrucan los
tímpanos y se me escarcha el paladar.
Son una incógnita.
Vamos a ver: todos sabemos que los primeros homínidos
aparecieron en África y poco a poco fueron poblando
el planeta. Pasaron por la fértil tierra de Mesopotamia,
por España, Benidorm, etcétera. ¿Qué coño
vieron los esquimales en el Polo para decir: «Yo me
quedo aquí»? ¿Quién dijo: «Lo que mola es esto. Altamira
está bien para pintar paredes, pero lo que mola para
vivir es esto»? ¿Qué vieron? No sé, a lo mejor llegó
un visionario de los negocios y dijo: «Aquí ponemos
una gasolinera con un cartel bien grande: HAY HIELO, y
nos forramos».
Y si el hombre empezó en África… cuando llegaron
al Polo sólo tenían ropa de verano, taparrabos de manga
corta. Supongo que lo que pasó fue que, al llegar allí, las
mujeres vieron esos osos, con esas pieles, y se empeñaron
en un abrigo de lomos de armiño. Y luego los maridos
se empeñaron en que había que amortizarlo. Y a fuerza
de cariño y amortización, se quedaron allí.
Cuando acababan de llegar, ni siquiera se llamaban
«esquimales». Al principio no tenían ni idea de aquello,
ni conocían la zona; no sabían esquiar. Decían:
—¿Tú qué tal esquías?
—Yo, mal.
—¿Y tú?
—Yo esquío mal también.
—¿Y tú?
Yo esquío mal… esquío mal, esquiomal, esquimal…
y se quedaron con el nombre. La cuestión es que ahora
ya esquían bien, y ésa es una de las grandes paradojas del
pueblo esquimal.
Otra cosa rara de esta gente son sus construcciones:
los iglús. Unas casas sin esquinas. ¿Cómo se amuebla un
iglú? ¡Que tienen las paredes redondas! Una estantería,
una cama, una mesa… lo arrimas a la pared y quedan
huecos. ¿Cómo cuelgas un cuadro en un iglú? Y un cuadro
es algo baladí, ¿pero un extintor?, ¿cómo cuelgan un
extintor? Porque un extintor sí que es importante en un
iglú. Un incendio allí… y lo pierdes todo. Vuelves a casa
y sólo queda la bañera llena de agua. La explicación es
curiosa: para colgar los extintores les dibujan un reloj de
arena encima, como el de Windows. Así la gente pregunta:
—¿Y este extintor?
—No, es que está colgado.
Este chiste no tiene ninguna gracia porque estamos
en España. Los esquimales son tan extraños que con esto
se mondan. Fijaos si son raros que, como viven en
iglús, cuando se van de camping, las tiendas de campaña
tienen forma de vivienda unifamiliar.
Otra extravagancia de estos señores es andar con
raquetas en los pies. Eso… los adultos; los niños supongo
que llevarán raquetas de ping-pong. Y no sólo porque
el pie es más pequeño, sino porque las raquetas de pingpong
tienen las suelas de goma, y eso viene muy bien para
los niños esquimales, que están todo el día pisando los
charcos. Y aquí viene otra duda: ¿cómo se hacen los niños
esquimales? Porque a ver quién es el valiente que se
desnuda a treinta grados bajo cero. Diréis: «A través del
abrigo». Hombre, es un abrigo de veinte centímetros de
grosor… Eso está al alcance de muy pocos. Yo he llegado
a la conclusión de que, en el Polo, coitos, los justos.
Otra cosa que tampoco se practica en el Polo es el
ciclismo, porque los sillines son de hielo y, con el roce, a
los pobres esquimales les salen lo que vulgarmente se
llaman «hemorroides polares», o «polaroides», que son
unas verruguitas en el ano que hacen fotos. Y las polaroides
no se curan con Hemoal: hay que echarles Licor del
Polo. Y en la intimidad, porque como te pillen en una
plaza de Laponia con una botella de Licor del Polo, te
multan por hacer botellón. Viene Gallardón con unas
raquetas de pádel en los pies y te detiene.
¡Qué misterioso es el pueblo esquimal! Y a la vez,
qué fácil de entender.

La única persona en el mundo capaz de volar.

Pensaba darle fin al cuento hoy mismo, pero me parece que todavía hay para otro capítulo.
Capítulo quinto y penúltimo.
Los pies de la mujer del mago habían quedado destruidos después de correr por el bosque. Sus heridas eran tan profundas que en ellas ya vivía una familia de topos ciegos.  Había que hacer algo. El hombre de la choza grande lo intentó, pero él sólo sabía curar miopías. Después de sus esparajismos con el paraguas lo único que consiguió fue que los topos recuperaran la vista y decidieran que esas llagas ya no eran un lugar para vivir.
Él único bálsamo que pudo tener la mujer del mago fue una botella de delicioso vino francés que defecó el caballero de la choza pequeña. Aquí hay que destacar un pequeño detalle y es que la mujer del hombre que defecaba botellas, por primera vez, observó extrañada el milagro de su marido. Como si algo de lo que acabara de suceder escapara a la lógica.
- ¿Cómo has hecho? –Preguntó la mujer del hombre que defecaba botellas. Él no supo responder. –Hoy no lo has hecho como lo haces siempre. Normalmente rompes una botella, te metes los cristales en la boca y después expulsas la botella. Hoy, directamente la has cagado, llena y con tapón.
-Verás, cariño. Es que… realmente puedo defecar botellas. Te lo dije una vez y no me creíste. Por eso inventé lo de reconstruir la botella con los movimientos del estómago.
-Ese también es mi caso. –Dijo el hombre que podía volar.
-¿Tú cambien puedes cagar botellas de vino, champán o anís?
-No. Yo puedo volar.
-¿Y esos planos que me enseñaste? –Dijo la mujer del mago.
-Te mentí porque no me creías.
El hombre que curaba la miopía con un paraguas tomó la palabra.
-Yo también tengo algo que decir. El paraguas es absolutamente prescindible para cura la miopía. Lo hago sin más. Mágicamente.
Los tres fenómenos se fueron a dormir con la tranquilidad que da librarse de una mentira. Y sus mujeres con la inquietud que da haberse merecido dicha mentira. A la mañana siguiente decidirían en que dirección daban el siguiente paso.
Los pies de aquella mujer habían sido hermosos, habían sido unos pies de foto, y todavía sabían dar los pasos en la dirección correcta. Ella fue la primera en levantarse. Luego los demás desayunaron modestamente leche de topo y tostadas. Sí, aquella familia de topos se sentía tan agradecida por el don de la vista que entregaba cada mañana dos dedales de leche. Durante el desayuno planearon la vuelta al pueblo. Ellos tres eran mucho más especiales que el mago que les había quitado el trabajo.

lunes, 3 de enero de 2011

La única persona en el mundo capaz de volar.

Capítulo cuatro.

La esposa del mago tenía unos pies tan bonitos que se ganaba la vida dejando que los pintores de la época le pintaran las uñas. Aquella tarde la había contratado un pintor romántico. Siempre la llamaba alguno cuando los hombres del tiempo anunciaban tempestad. El pintor alquilaba un bosque lóbrego y espinoso, y se iba a allí a pintarle las uñas a la señorita. Era una estampa preciosa: la lluvia, el viento, los truenos y la dueña de las  uñas aguantando las cosquillas que le hacían con el pincel. Los pintores románticos no permiten ni una sonrisa a estas señoritas y exigen a las dueñas de las uñas que dejen la mirada perdida en el infinito mientras ellos pintan. Así es todo más romántico. Pero de pronto algo cruzó el infinito sin avisar.  La modelo vio como su marido, desmadejado, se perdía en el horizonte al capricho del viento. Sin pensarlo y sin calzarse echó a correr en su ayuda. Cruzó el bosque de espinas, con la mirada en el cielo,  intentando no perder de vista a su marido. Y cuando por fin lo encontró ambos estaban muy lejos de todo lo que conocían.
Juntos vagaron por los bosques durante días hasta que encontraron un escuchimizado campamento de dos chozas. La más grande tenía una cruz roja y en ella un hombre se ofrecía para curar la miopía sin más ayuda que un paraguas. En la otra, la más enclenque, vivía un hombre capaz de comerse los cristales de una botella rota y defecarla otra vez entera. El mago y su señora no se creían lo que estaban viendo.

Los golpes tontos (el final de nuestra especie)

Lo más seguro es que los golpes tontos lleven a la
extinción de la raza humana.
Por ejemplo, estás en la cocina buscando una cacerola,
abres un armarito, y no está. Pero la puerta del armarito
se queda abierta… Te agachas, abres uno de los
armarios de abajo, coges la cacerola, te levantas, y ¡zas!
Notas que la esquina te pela el cuero cabelludo. Notas
cómo se te clava en el cerebro. Si hay alguien cerca, también
lo nota. Los que te están mirando cierran los ojitos:
—¡Ay, ay, ay, ay!
—¡Joder! ¡Que me he dado yo! No me quitéis protagonismo.
Los ecologistas dicen que nos estamos cargando el
planeta. Puede ser, pero ni punto de comparación con lo
que le estamos haciendo a nuestro cuerpo. El «efecto invernadero
» puede ser preocupante, sobre todo en Almería.
El agujero de ozono, con no asomarse… Pero nosotros
vamos a extinguirnos antes de que se recaliente el
planeta.
Nos damos golpes tontos en todo el cuerpo, no sólo
en la cabeza.
Vamos a empezar por abajo.
¿Quién no se ha levantado alguna vez, en medio de
la noche, a coger un vaso de agua? Está todo oscuro, vas
descalzo… y le pegas un patadón a la pata de la mesa con
la punta del meñique. Quieres morir. Además, le damos
con el meñique. Tenemos cinco dedos para elegir, y escogemos
el meñique, el exterior del pie, como Ronaldo.
Como es de noche, no puedes gritar, así que pones
caras. Sabes que tienes treinta segundos de dolor intenso
que no te los quita nadie. No es como lo del armarito de
la cocina que, como hay gente delante, a ti te toca menos
dolor. Aquí es todo el dolor para ti solito, no hay nadie.
Te tiras al suelo, te agarras el pie, bailas… Dices: «Ya que
nadie me ve, al menos voy a hacer un poco el gilipollas».
Hay golpes más arriba. Todos conocemos esos pivotes
o bolardos de hierro que hay por las aceras. Y todos
conocemos una parte de cuerpo que se dobla, llamada
«rodilla». No digo más. Lo peor de este golpe es que
ocurre en plena calle, delante de unas trescientas personas,
y hay que disimular, actuar como si no hubiera pasado
nada. Sigues andando, cojeando y queriendo morir,
pero con cara de «lo hago siempre; cuando paso por aquí,
me gusta darme un golpecillo en la rodilla…».
Es un golpe terrible, tiene lo peor del golpe en la
cabeza y lo peor del golpe en el meñique. Como finges
que no ha pasado nada, te comes tú todo el dolor, no lo
repartes… y como hay gente delante, no puedes tirarte
al suelo, bailar y hacer el gilipollas.
Pie, rodilla… sigamos subiendo. ¿Quién no se ha dejado
caer alguna vez sobre un mullido sofá… pero sin hacer
bien el cálculo? Donde crees que te vas a encontrar
blando cojín, hay duro apoyabrazos. Es una impresión.
Como cuando te vas a sentar en el váter, no está la tapa,
y crees que te cuelas. Sólo que, con lo del váter, lo único
que haces es retrasar unos instantes la deposición, mientras
que con lo del sillón te levantas a toda velocidad cagándote
en todo.
Ya estamos casi magullados: pies, rodillas, culo…
Sigamos subiendo: la espalda. ¿Quién no ha ido alguna
vez a una piscina y le han dicho: «A que no das una voltereta
en el aire»? Normalmente, toda frase que empiece
por «A que no…» tiene un amargo desenlace. En el
caso de la piscina, hay que reconocer que el sonido es espectacular.
Y el color, porque sales del agua rosita, rosita,
como si fueras un Frigo Pie. Pero eso sí, disimulando,
como cuando el bolardo. En plan: «Estoy estupendamente.
Me van a tener que hacer un trasplante de piel y
seguramente tenga algún órgano reventado… Por lo demás,
estoy estupendamente».
Más arriba está el codo. Cuando apoyas mal el codo,
o te das contra la punta de una mesa, duele de una
manera muy rara. Da como calambre, como si tuviera
electricidad. A lo mejor, si tuviéramos los agujeros de la
nariz en los codos, podríamos enchufar cosas.
Otra manera de automutilarnos es comer pizza de
microondas. La acabas de sacar del horno, echa humo,
sabes que te vas a quemar, pero es inevitable: siempre
nos quemamos con el primer mordisco de la pizza de
microondas. Y no es una quemadura de «huy, me quemo
», y ya está. No, la pizza de microondas te derrite el
paladar, te lo despelleja.
Al final, te has destrozado la cabeza, el pie, la rodilla,
el culo, la espalda, el codo y el paladar. Sólo te queda
medio sana la lengua, pero un día te la muerdes. Estás
comiendo tranquilamente, y de repente, ¡ñaca!, y notas
cómo te late.
Y lo que más me indigna es que parece que al ser
humano no le basta, y se ha inventado los «falsos golpes
tontos», como el tipo que resbala con una cáscara de plátano.
¡Eso no ha ocurrido jamás!

La única persona en el mundo capaz de volar.

Capítulo tres.
Un día apareció otro señor volador en el pueblo y el mago corrió a conocerlo. Él pensaba que hablar con el nuevo fenómeno le ayudaría a entenderse a si mismo, pero no fue así. Cuando llego al teatro del mago nuevo, lo único que encontró fue un curioso ingenio mecánico que servía para volar.
Cada día la situación era más difícil. El mago nuevo, además de volar, hacía otras cosas. Operaba la miopía de un miembro del público con un paraguas y lo más impresionante: se comía los cristales de una botella rota y la defecaba otra vez entera…Y aunque lo hacía todo con complejos aparatos tenía mucho más éxito que un mago que sólo volaba.
El mago que sólo volaba tuvo que cerrar su teatro y se quedó tan delgado que se lo llevó el viento.

domingo, 2 de enero de 2011

La única persona en el mundo capaz de volar.

Capítulo dos.
Un día el hombre que volaba se enamoró de una señorita que tenía los pies preciosos, siempre en el suelo y tan prudente que sólo se casaría con él si éste compartía su secreto. 
-Simplemente, vuelo. -Le dijo.
-No te creo.
-Es la verdad. Mira. -Y el mago se elevó, sin más.
-Lo siento, pero si no confías en mi lo suficiente como para contarme la verdad significa que no podemos estar juntos. Y baja ya, que te vas a caer.
El mago pasó la noche en vela inventando un complejo aparto con el que pudiera volar cualquiera. Él no lo necesitaba, ni lo iba a usar jamás, pero por la mañana le enseñó los planos a la chica y por la tarde se casaron.

La única persona en el mundo capaz de volar.

¿A qué se dedicaría una persona, la única en el mundo, que tuviera el don de volar? Es evidente que esa persona no tendría problemas económicos, pero ¿cuál sería la forma más rentable de ganarse la vida volando? ¿rescatar gatitos de los árboles? ¿peluquero de jirafas?
Basándome en esta idea voy a pensar un cuento titulado: La única persona del mundo capaz de volar. El cuento estará posteado en varios microcuentos pero por ahora sólo tengo el de hoy. Helo aquí:

La única persona en el mundo capaz de volar.
Capítulo uno.
La única persona en el mundo capaz de volar probó muchos empleos antes de encontrar su profesión. El último de ellos fue pintor de mapas, que lo tuvo que dejar porque un día, pintando una isla, acudió tanta gente deseosa de ver al fenómeno que la isla se hundió.
Él dejó de trabajar para pensar qué hacer de su vida y al cabo de unos años concluyó que solo tenía una opción: encerrarse en un teatro y esperar que alguien quisiera pagar una entrada para ver a la única persona del mundo capaz de volar. Así fue como apareció el primer mago de la historia.
Continuará.

Las cajas de bombones y galletas surtidas (esas grandes desconocidas)

Hay algo que todos sabemos que existe, pero nadie conoce
suficientemente: las cajas de bombones. Las hemos visto,
sí, pero ¿cuántas hemos llegado a abrir? Son como el cuerpo
humano, sólo abrimos si es estrictamente necesario.
No las abrimos porque son un regalo. Ya pueden estar
nuestros hijos aullando de hambre y nuestra mujer diciendo:
«Cariño, ya no queda carne de perro en la nevera
y, a causa del hambre, los niños pasan más tiempo desmayados
que conscientes. ¿No crees que ha llegado ya la hora
de abrir la caja de bombones?». ¿Qué le vas a decir?
¿Que sí? ¿Y si mañana tienes que hacer un regalo, qué?
La caja de bombones es un regalo reciclable. Según
nos llega la cogemos y la escondemos en un armario. Ni
siquiera es necesario quitar el papel de regalo porque hemos
desarrollado el oído a tales niveles que, simplemente
con agitarla, ya decimos: «Tate, bombones, ¡al armario!
». Y allí se queda hasta que seamos nosotros los que
tengamos que hacer un regalo a alguien.
Las cajas de bombones ni se crean ni se destruyen, se
reciclan. Cuando nos dan una fingimos mucha ilusión, como
si se tratara de algo que nos hace falta, unos guantes,
una caja de herramientas, un marcapasos... «¡Bombones!
¿Quién te lo ha dicho? Ya le había echado el ojo yo... Menos
mal que me la regalas, porque tenía pensado comprarme
esta mismita». Pero en realidad estás pensando: «Esta
mismita se la coloco a mi hermana por su cumpleaños».
Las cosas cambian cuando el regalador ha venido
a merendar a casa y ha traído caja de bombones. En ese
caso estás atrapado, hay que abrir la caja por pelotas. Empieza
el ritual, lo primero es quitarle el papel de regalo
con todo el cuidado del mundo: «Me tengo que comer
los bombones, pero al menos el papel lo aprovecho».
Al comerlos se nota que somos novatos, nos los comemos
con miedo. No es en plan: «¡Hala, pa’dentro!».
No, le damos un mordisquito, analizamos su sección...
¡No sabemos con qué nos vamos a encontrar! Es como la
ruleta rusa, todos los bombones son aparentemente
iguales, pero te puede tocar el delicioso praliné o la temida
naranja amarga confitada. ¡¿Qué retorcida mente sin
escrúpulos puede inventar ese sabor?! «Naranja», pase.
¿Pero «amarga» y «confitada»? ¡Si la fruta confitada es
lo que sobra de todas las cestas de Navidad! ¿Por qué nos
empeñamos en meterla dentro de los bombones?
Eso se solucionaría si marcaran esos bombones de
un modo especial, como se hace con los de licor. Nadie
se la juega con un bombón que esté envuelto en papel rosado
o en celofán rojo, sabes con qué te vas a encontrar:
el líquido pegajoso y la cereza seca. Nadie se los come
y todos en paz.
Si sois pobres, como yo, lo más parecido a una caja
de bombones que vais a ver en vuestras vidas es la Caja
de Surtido Cuétara. La caja de galletas surtidas es la
caja de bombones de las clases proletarias. Lo curioso
es que, en las cajas de galletas surtidas, lo primero que
desaparece son las galletas que están envueltas en papelillo
de color.
Ah... deliciosas, chocolateadas y abarquilladas galletas...
¿¡Cómo pueden estar en la misma caja que una
galleta de arena!? La habéis visto, ¿verdad? Hay una galleta
que la ves y parece de arena. Luego la coges y tiene
tacto de arena. Finalmente la muerdes y dices: «¡Coño,
esto es arena!».
Las cajas de galletas surtidas tienen las mismas funciones
que las cajas de bombones: se regalan, se llevan
a meriendas, y sólo se sacan en ocasiones especiales, por
muy mal que vayan las cosas: «Cariño, los niños han empezado
a comerse a sus hermanos muertos. ¿No crees que
deberíamos abrir ya el Surtido Cuétara?». ¿Qué le vas
a decir? ¿Que sí? ¿Y si mañana tuvieras visita, qué?
Cuando la visita se va, a los niños sólo les quedan las
galletas de arena o las de arcilla, pero en su mente hay
una meta muy clara: el piso de abajo. Todos sabemos que
hay una norma: No se pasa al piso de abajo hasta que no haya
desaparecido la última galleta de arena, pero los niños tienen
sus propias consignas: «¡Muerte a las galletas de arena,
el barquillo para el que lo trabaja!».
El hombre tiene esa extraña manía de sacar lo bueno
sólo para las visitas.
La Coca-Cola, la vajilla buena, las galletas danesas
—que son tema aparte—, los cacahuetes bañados con
miel y ligeramente salados... ¿No es un poco absurdo?