Capítulo cuatro.
La esposa del mago tenía unos pies tan bonitos que se ganaba la vida dejando que los pintores de la época le pintaran las uñas. Aquella tarde la había contratado un pintor romántico. Siempre la llamaba alguno cuando los hombres del tiempo anunciaban tempestad. El pintor alquilaba un bosque lóbrego y espinoso, y se iba a allí a pintarle las uñas a la señorita. Era una estampa preciosa: la lluvia, el viento, los truenos y la dueña de las uñas aguantando las cosquillas que le hacían con el pincel. Los pintores románticos no permiten ni una sonrisa a estas señoritas y exigen a las dueñas de las uñas que dejen la mirada perdida en el infinito mientras ellos pintan. Así es todo más romántico. Pero de pronto algo cruzó el infinito sin avisar. La modelo vio como su marido, desmadejado, se perdía en el horizonte al capricho del viento. Sin pensarlo y sin calzarse echó a correr en su ayuda. Cruzó el bosque de espinas, con la mirada en el cielo, intentando no perder de vista a su marido. Y cuando por fin lo encontró ambos estaban muy lejos de todo lo que conocían.
Juntos vagaron por los bosques durante días hasta que encontraron un escuchimizado campamento de dos chozas. La más grande tenía una cruz roja y en ella un hombre se ofrecía para curar la miopía sin más ayuda que un paraguas. En la otra, la más enclenque, vivía un hombre capaz de comerse los cristales de una botella rota y defecarla otra vez entera. El mago y su señora no se creían lo que estaban viendo.
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