Ellas saben cuán pesados podemos llegar a ser
con el tema de adelgazar
La báscula cuartobañera es como un despertador al
que le ha pasado una apisonadora por encima.
Ser báscula de ésas es una faena porque sólo se te sube
encima gente gorda. Imaginaos qué manera de empezar
el día. Te despiertas y lo primero que te ocurre es que
un gordo en pijama se te sube encima. Y te mira mal, como
diciendo: «Báscula, por tu culpa soy gordo».
Eso no es justo. ¿Qué han hecho las básculas para
merecerse eso? Tienen que vivir tumbadas en el suelo del
cuarto de baño, con lo frío que está y lo malísimo que es
eso para el reuma.
Aun así, las básculas nos tratan bien. Por ejemplo,
cuando uno se sube a una báscula cuartobañera, va nervioso.
Es como presentarse a un examen. De hecho,
siempre intentamos subirnos pesando poco. Pisamos
suavemente, como para engañar a la báscula. Y la báscula
lo nota, por eso las básculas se lo piensan antes de darnos
el dato. Vacilan.
Te subes y la báscula hace: «Tiqui, tiqui, tiqui...
¡98!». Y te asustas: «¡Aaaaah!». Y la báscula retrocede:
«Que no... ¡62!». «¡Buffff, menos mal!» Y vuelve a oscilar:
«¡90!». Y gritas: «¡Mierda!». Y rebota otra vez: «68».
«Bueno, no está mal.» Y al final acabas llegando a un
acuerdo con la báscula: «70, ni para ti ni para mí...».
¿En qué momento entra una báscula en casa? ¿Te la
regalan? Qué mal rollo, ¿no? Regalar una báscula es como
regalar un desodorante, puede parecer una indirecta. ¿O es
que de repente uno dice: «¡Pues hoy me voy a comprar una
báscula!»? Eso sólo puede pasar un lunes. Todo el mundo
empieza el régimen un lunes... El lunes hay un trasiego en
las tiendas de básculas...
—Hola, quiero una báscula.
—¿Cuál quiere?
—Quiero una báscula para mí que pueda pesar entre
40 y 200 kilos... Vamos, no creo que vaya a engordar tanto,
pero mejor asegurar.
Una vez vi una que pesaba hasta 220. Era como el
cuentakilómetros de un coche. Un tío que pese 220 kilos...
¿para qué quiere la báscula? Con esa tripa no puede
ver los números.
Lo de ver los números es otro tema. Si me peso sin
las gafas, no veo los números, pero, si me las pongo, peso
dos o tres kilos más. Lo único que puedo hacer es pesarme
con las gafas, ver el dato, quitármelas, ponerlas en la báscula,
acercarme mucho a la pantallita y hacer la resta.
La mayoría de la gente no tiene báscula en casa. Entonces,
¿por qué esa gente, cuando va a casa de alguien
que sí la tiene, siente la necesidad de subirse a ella? Si tanto
te gusta, cómprate una.
Adquiérela y podrás disfrutar del placer de conocer
las masas y los pesos de lo que quieras. De hecho, todos
hacemos experimentos de pesar en la báscula cosas que no
son personas. Hay un experimento fantástico que todo el
mundo hace, pero que nadie lo quiere reconocer. Sucede
cuando tienes ganas de ir a váter... que están las heces llamando
a la puerta del esfínter... y te paras. Antes de hacer
la deposición, pasas por la báscula y te pesas. Vas al váter.
Haces lo que tienes que hacer. Luego, más relajado, te
vuelves a pesar, haces la resta y sabes exactamente cuánto
pesaba el zurullo.
Lo recomiendo. El saber no ocupa lugar y la otra
manera de saber cuánto pesa un zurullo es demasiado humillante
para las pobres básculas que nos aguantan y nos
soportan. Y solamente ellas saben cuán pesados podemos
llegar a ser los seres humanos.
con el tema de adelgazar
La báscula cuartobañera es como un despertador al
que le ha pasado una apisonadora por encima.
Ser báscula de ésas es una faena porque sólo se te sube
encima gente gorda. Imaginaos qué manera de empezar
el día. Te despiertas y lo primero que te ocurre es que
un gordo en pijama se te sube encima. Y te mira mal, como
diciendo: «Báscula, por tu culpa soy gordo».
Eso no es justo. ¿Qué han hecho las básculas para
merecerse eso? Tienen que vivir tumbadas en el suelo del
cuarto de baño, con lo frío que está y lo malísimo que es
eso para el reuma.
Aun así, las básculas nos tratan bien. Por ejemplo,
cuando uno se sube a una báscula cuartobañera, va nervioso.
Es como presentarse a un examen. De hecho,
siempre intentamos subirnos pesando poco. Pisamos
suavemente, como para engañar a la báscula. Y la báscula
lo nota, por eso las básculas se lo piensan antes de darnos
el dato. Vacilan.
Te subes y la báscula hace: «Tiqui, tiqui, tiqui...
¡98!». Y te asustas: «¡Aaaaah!». Y la báscula retrocede:
«Que no... ¡62!». «¡Buffff, menos mal!» Y vuelve a oscilar:
«¡90!». Y gritas: «¡Mierda!». Y rebota otra vez: «68».
«Bueno, no está mal.» Y al final acabas llegando a un
acuerdo con la báscula: «70, ni para ti ni para mí...».
¿En qué momento entra una báscula en casa? ¿Te la
regalan? Qué mal rollo, ¿no? Regalar una báscula es como
regalar un desodorante, puede parecer una indirecta. ¿O es
que de repente uno dice: «¡Pues hoy me voy a comprar una
báscula!»? Eso sólo puede pasar un lunes. Todo el mundo
empieza el régimen un lunes... El lunes hay un trasiego en
las tiendas de básculas...
—Hola, quiero una báscula.
—¿Cuál quiere?
—Quiero una báscula para mí que pueda pesar entre
40 y 200 kilos... Vamos, no creo que vaya a engordar tanto,
pero mejor asegurar.
Una vez vi una que pesaba hasta 220. Era como el
cuentakilómetros de un coche. Un tío que pese 220 kilos...
¿para qué quiere la báscula? Con esa tripa no puede
ver los números.
Lo de ver los números es otro tema. Si me peso sin
las gafas, no veo los números, pero, si me las pongo, peso
dos o tres kilos más. Lo único que puedo hacer es pesarme
con las gafas, ver el dato, quitármelas, ponerlas en la báscula,
acercarme mucho a la pantallita y hacer la resta.
La mayoría de la gente no tiene báscula en casa. Entonces,
¿por qué esa gente, cuando va a casa de alguien
que sí la tiene, siente la necesidad de subirse a ella? Si tanto
te gusta, cómprate una.
Adquiérela y podrás disfrutar del placer de conocer
las masas y los pesos de lo que quieras. De hecho, todos
hacemos experimentos de pesar en la báscula cosas que no
son personas. Hay un experimento fantástico que todo el
mundo hace, pero que nadie lo quiere reconocer. Sucede
cuando tienes ganas de ir a váter... que están las heces llamando
a la puerta del esfínter... y te paras. Antes de hacer
la deposición, pasas por la báscula y te pesas. Vas al váter.
Haces lo que tienes que hacer. Luego, más relajado, te
vuelves a pesar, haces la resta y sabes exactamente cuánto
pesaba el zurullo.
Lo recomiendo. El saber no ocupa lugar y la otra
manera de saber cuánto pesa un zurullo es demasiado humillante
para las pobres básculas que nos aguantan y nos
soportan. Y solamente ellas saben cuán pesados podemos
llegar a ser los seres humanos.
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